jueves, 6 de febrero de 2020

524. Por una sonrisa


Tú ya no te acordarás, pero te pasaste toda la tarde llorando. Aquel verano querías trabajar a toda costa y en lo que fuera para reunir dinero y viajar. Era el primer trabajo de tu vida y siempre te habían dado miedo los hospitales.
Al día siguiente, nada más llegar, te dieron una bandeja con sobres y te los quedaste mirando. Es la medicación de los pacientes, te dijeron. En ellos estaban escritos los números de las habitaciones y la cama del paciente. Y te metieron prisa porque tú lo mirabas todo embobada, sobre todo el largo pasillo del ala del hospital que te correspondía.
El pasillo te parecía tan largo que no miraste hacia atrás para no perder el equilibrio. A pesar de que cogiste la bandeja con las dos manos, los sobres con su contenido bailaban al compás de tus pasos temblorosos. El olor que emanaba de las habitaciones insistía en subirse a tu cabeza, pero te habías prometido a ti misma que resistirías y que no ibas a dar el espectáculo como cuando eras pequeña.
Sólo con escuchar a tu madre y a tus tías hablar de quirófanos y operaciones te caías redonda al suelo. No, no, ¡ni hablar! Con toda la resolución de que fuiste capaz corregiste tu andar inseguro y apartaste de tu mente lo que te pudieras encontrar en cada habitación, porque tú, tan joven, no te querías enfrentar todavía con el dolor ni con la muerte.
Al final del largo pasillo salió de la habitación un señor mayor en silla de ruedas que rápido la giró hacia ti. Esperó allí mismo a que llegaras a su altura. No supiste qué hacer porque te miraba fijamente con una mirada compresiva y bondadosa. Sin dejar de mirarte te dijo: beautiful. Y luego te introdujo en la habitación para presentarte y repartió él mismo la medicación para ponértelo más fácil.
Seguiste con la misma tarea un mes y luego te improvisaron una mesa en el pasillo para redactar las altas de los pacientes porque los despachos estaban en obras. En tu descanso desayunabas lo que llevabas de casa porque, tan solo por una sonrisa tuya, aquel señor tan mayor y cercano a la muerte según averiguaste, te iba contando cada día media hora de su vida.

viernes, 24 de enero de 2020

523. 3 libros 3


Dos de ellos son de primera lectura y el de en medio, segunda. Leídos casi de un tirón, como se suele decir, pero voy por partes porque son muy distintos.


De “Un detalle menor” me gustó el título, la portada, la sinopsis de la contraportada, el tema y lo que leí de la autora que no conocía, y sí, no tardé en leerlo. Primero porque tiene 151 páginas y segundo porque tenía la esperanza de encontrar más emoción en un relato tremendo, pero narrado con frialdad. El día a día, que acomete la joven Ramala en la segunda parte, se hace algo lento por la dificultad que implica desplazarse e investigar en Palestina bajo la ocupación militar israelí. Pero un final abierto hace que se una todo el relato y que se abra paso impactante en la mente del lector.


Del color de la leche” lo leí hace años y me apetecía leerlo de nuevo. Con el lenguaje particular y sencillo de quien se está iniciando en la escritura, su protagonista, Mary, nos va mostrando su situación día a día, su experiencia y su insistencia en dejar constancia de ello. Además de la dignidad con que afronta el ambiente desfavorable donde vive: la Inglaterra rural de 1830, nos viene a demostrar que no están tan lejanas las actitudes machistas y dictatoriales a través de siglos. Contagia esa rebelión suya que la autora de este libro, Nell Peyshon insufla a su protagonista hasta en su destino final. Este es un libro que no te deja indiferente.


La mujer en la ventana” es un thriller que se estrenará pronto en la gran pantalla y que está basado en el libro de A. J. Finn, seudónimo de Dan Mallory. Este editor de profesión vino a España a presentarlo en abril de 2018 y según sus palabras habla mucho de la soledad y de lo difícil que es conectar con la gente y que te malinterpreten y malinterpretar a los otros. Y esto es verdad. También hay que decir que lo escribió después de ser diagnosticado de un trastorno bipolar. El libro es un homenaje a Alfred Hitchcock y al cine en blanco y negro. Yo no quiero contar mucho, aquí sí que dicen algo más. Son 536 páginas que, a mi manera de ver, se podrían haber resumido algo, pero eso seguro lo harán los guionistas de la película. Es un libro tan visual que parece hecho para el cine.

miércoles, 8 de enero de 2020

522. Parece...

que se va a caer,


pero nada más lejos porque está agarrado con su piel.


Añado un par de enlaces que complementan el post. 
Disculpad por la tardanza en subirlos:



sábado, 4 de enero de 2020

521. Por mis abuelos


Soy demasiado joven para haber vivido la guerra de España, incluso mis padres lo son. Sé algunas cosas por mis abuelos. Tampoco contaban mucho. 
A mi abuelo le cogió la mili en el bando equivocado. Me hablaba de los picores en todo el cuerpo en las trincheras y a la hora de dormir, quizás para no contarme cosas tristes o más dolorosas. Por eso se iba en verano y en invierno a nadar todos los días. Sobre todo cuando lo destinaron cerca de Cádiz. Allí estuvo bastante tiempo porque sabía hacer pan, uno de tantos oficios que aprendió de joven y, mira por donde, fue panadero en la guerra, mejor alimentar en vez de matar, decía. 
Era un hombre justo, de izquierdas y muy honrado. Mi abuela, una de tantas mujeres de su casa que aún cocina y me guarda tapers, también había aprendido un oficio muy necesario: costurera. Ella no tuvo que salir del pueblo. Contribuía con su trabajo a los gastos de una familia numerosa con pocos medios porque era la mayor. No quiere hablar de un tiempo de dolor, y yo nunca insisto. Pero sí los observé desde pequeño en su quehacer diario; en su amor y cuidado por las cosas bien hechas.
He comenzado a estudiar periodismo y he tenido tiempo de investigar, por eso sé que las guerras no se acaban, sobre todo las civiles, porque no se acaba el odio, ese roedor insistente que lo roe todo y deja sin humanidad ni solidaridad a los seres humanos.
Mi abuela es muy mayor, pero tiene la cabeza muy bien y su rebeldía interior intacta; no quiere ver los informativos, pero sí los debates de los políticos y dice que sigue viendo ese odio en los ojos de los que saben tan bien tergiversar la realidad de lo que le ocurre. Esos que siguen y vuelven con más brío a defender España como si fuera de su propiedad y como dice ella: pretenden seguir poniendo el pie encima de las cabezas de las buenas gentes. Yo le digo que tenga confianza, que también hay políticos que quieren cosas buenas para el pueblo. Veremos si los dejan, dice, porque según ella para que cambien de verdad las cosas, la gente tiene que cambiar y no quedarse más atrás que el culo y hay mucha gente que está acostumbrada a obedecer en este país y todavía le gusta que le den las cosas hechas. ¡Con lo bonito que es hacerlas una misma!, suspira.
Me gusta pensar, abuela, en que este año que comienza, que por sus cifras parece redondo, sea posible de verdad un cambio, hay muchas personas que han perdido su vida luchando y no debe haber más retroceso en las libertades y los derechos. Eso, mi niño, eso. Me besa en la cabeza y se sienta conmigo a ver la investidura.