Invierno
Todo es lejos en el frío. La llovizna
pasada la tormenta
que hizo
temblar las ventanas
y adentro,
como el niño
que ha llorado sin consuelo,
un querer decir.
El hilo que conduce al costurero te llevará al lunes 10 de Septiembre de 2007.
Invierno
Todo es lejos en el frío. La llovizna
pasada la tormenta
que hizo
temblar las ventanas
y adentro,
como el niño
que ha llorado sin consuelo,
un querer decir.
Ocurrió hace ya muchas navidades y en estas pasadas ha vuelto a ocurrir.
Al visitar de nuevo el pueblo y a mi amiga de la infancia, Marina, le pregunté al saludarnos si su marido, aficionado a la repostería, había hecho ya los pestiños.
Cuando cada diciembre el padre de mi amiga sacaba la receta de los pestiños andaluces con esa letra suya tan perfecta, al hacerlos, nuestra calle se inundaba de un perfume muy especial. Recuerdo los primeros pasos, primero: freía en aceite de oliva las especias y la cáscara de naranja seca, eso sí, de su huerto; preparaba también un zumo de naranja y, sobre la harina amontonada en la mesa hacía un hueco en el centro; poco a poco iba echando el aceite, donde antes había frito las especias, ya colado y el zumo.
El juego de sus manos al amasar me extasiaba. Mi amiga me llamaba y su padre nos daba masa para jugar. Su madre era la encargada de freírlos y rebozarlos en miel. Es pensar en ellos y me viene su sabor.
Mi amiga frunció el ceño y dijo:
-Te pondré un café y no esperes pestiños; ha ocurrido igual, pero el resultado ha sido el contrario.
-¿El contrario, cómo? No recordaba bien aquella otra navidad.
La seguí hasta la cocina y me contó un chiste, ella lo adornaba todo así.
-Un chico pide trabajo en la construcción y el encargado le indica que prepare el mortero que se hace con cemento, arena y agua, ¿no? Supongo, asentí mientras daba un sorbo a su buen café. Me pone un dulce en el plato y continua.
Pues el chico va echando y alternando materiales, pero aquello no liga y como en un un estribillo va cantando “que se cree el cemento que no hay agua”.
El encargado, que le observaba hacía rato, se acerca y le dice: ¡qué te crees tú que vas a volver mañana!
¡Pues eso mismo!, dijo Marina con énfasis. Te acordarás también que era una discusión porque Carlos, mi marido repostero (esto lo dijo con ironía), en vez de seguir la receta, siempre improvisaba intentando recordar cómo los hacía su madre…
-Sí, la interrumpí, lo que no recuerdo es que pasó entonces con la masa.
-Pues que él dejó a un lado recetas de memoria y escritas y comenzó a amasar. Todo eran ojos alrededor. Cansados nos fuimos a echar una siesta y al levantarnos sorpresa: ¡la masa era como un barco nadando en aceite! ¡Y no estaba barato, que era del bueno!
En adelante los comprábamos, menos este año que como nos íbamos a encontrar de nuevo quería sorprenderos, pero no encontraba la receta, le dije que mirara en Internet y nada.
-Y ¿qué ha pasado esta vez? Cuenta ya, insistí, y al hablar espolvoree el clásico polvorón.
-Esta navidad no quería ojos a su alrededor, así que dejamos al artista a su aire, pero la masa se rebeló de nuevo. Se quedó tan seca después de reposar que bien hubiera servido para untar ladrillos en albañilería.
¡Menos mal que mi amiga se desahogó y calmó con unas risas! Nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo y yo a hacer fotos de tréboles.
Sí, ya sé que es más difícil que encontrar la aguja en el pajar. Nunca he creído en la suerte, menos ahora, porque veo la actualidad tan mal que la vamos a necesitar.Después de ver pasar los trenes en la misma dirección,
No sufras árbol si el último soplo de un viento fuerte mostró tu esqueleto. Tu sabia pronto brotará y lucirás como todo en esta casi primavera que se anuncia desde ya.
Mi sombra se diluye entre tus flores, quiero sentirme libre como tú, Sinapis.
Vives en campos baldíos abarcando el espacio, aprendiéndolo.
Sinapis es un género de plantas dentro de la familia Brassicaceae.
Una de las especies que se encuentran en este género es la mostaza blanca (S. alba). La planta silvestre, es el popular jaramago. En la zona sur de España su presencia masiva denuncia campos baldíos, jardines descuidados o escombreras. Son hierbas anuales (raramente bienales).
Tres mujeres estaban sentadas alrededor de una mesa de camilla. Dos hablaban hasta por los codos y no me dejaban estudiar.
La que escuchaba era mi madre que, de vez en cuando, les decía: chittt, la niña está haciendo los deberes, pero ellas ni caso. Seguían hablando de sus hijos con el tono cada vez más alto.
La mayor comentaba que no ayudaban en casa, ni con las tareas, ni económicamente.
La más joven le decía, entre otras cosas, que los hijos no son un negocio. Al escuchar esto último la cara le cambió a la mayor. Contestó enfadada y atacando.
¡Pero están viviendo gracias a ti: los paristes, los educastes, le das lo que necesitan! Y, cómo te responden; con el olvido, ni te llaman.
Pero no se los reprocho como tú; yo nos lo quiero hipotecar, que parece que con lo que haces por ellos les pidas intereses.
Como el tono iba subiendo mi madre zanjó la cuestión con unas preguntas:
A ver, ¿los hijos piden nacer? No, ¿verdad? Están aquí porque lo elegimos como padres y los queremos y cuidamos porque ha sido nuestra elección. Es nuestra responsabilidad. Y la mía ahora es cuidar de mi hija, que haga los deberes
y ayudarle si lo necesita.
Se levanta para invitarles a irse, pero la mayor no conforme, me mira y le pregunta a mi madre algo indignada.
Y, ¿crees que ella te va a ayudar cuando lo necesites?
Ese será su problema, no el mío, contesta sonriendo.
Cuando se fueron, comenté que había cosas que no entendía.
No te preocupes, dijo mi madre poniéndose el delantal, cuando seas mayor lo comprenderás, y más aún si tienes hijos. Y ahora que se han ido a lo tuyo.
Hacer los deberes en la mesa de camilla mientras mi madre trasteaba en la cocina era mi música preferida.
Vivir, ya he dicho:
Tener sobre las manos un fajo de papeles:
un lápiz, libros, dibujos, sueños.
Tomar el invierno para tejer
una mansión de lino
Vigilantes los senos,
escondidos en la piel.
Vibrar
Repasar las camisas,
acomodar los sueños,
dejar en perfecta
armonía:
los clavos, la canela,
el azúcar y los aromas...
El reloj marca el tiempo, pero no la felicidad.
Sean felices, saboreen la vida, y a cuidarse y abrigarse.