jueves, 31 de diciembre de 2009

114. Las de la suerte

Y desde mañana en adelante:
Salud, sonrisas y risas, tiempo libre y amor del bueno.

jueves, 24 de diciembre de 2009

113. Más color


Ahora luce el sol en Sevilla.
Os deseo a todos una buena noche.

martes, 22 de diciembre de 2009

sábado, 19 de diciembre de 2009

111. Dehesas

De norte a sur y tiro porque me toca. Y sí, me toca este revuelo sobre los toros. Yo nunca he visto ni veré una corrida. Cuando mi padre las veía en televisión me tapaba los ojos. No me gusta ver la sangre corriendo por ningún lomo, ni los castigos. He escuchado a los que entienden y comprendo ese arte que cuentan pero no lo comparto.


Pero siento que si esas dehesas verdes salpicadas de encinas, alcornoques, olivos, acebuches; en primavera cuajadas de margaritas, jaramagos y lirios. Si tuvieran que desaparecer, no me gustaría.


Y aunque por preservarlas le hayan puesto puertas al campo, y, rodeada de cercas, no se pueda entrar en ellas a coger setas como hace tiempo se hacía, ni pasear por esas bellas praderas. Es necesario reconocer que conforman un ecosistema muy singular donde si yo fuera vaca o toro me encantaría pasear, comer y reposar.


martes, 15 de diciembre de 2009

110. Como en un cuento

Dicen que la montaña es como un libro abierto que hay que saber leer. Yo me negaba como ignorante que se encuentra cómoda en su ignorancia.

Y, curiosamente, gracias creo a mi amor por los libros, he entreabierto sus maravillosas páginas en mi último viaje. Uno buscado, no para mí, pero quizás por eso ella, la montaña, me ha contado cosas.

Tiene múltiples caras, por eso es difícil conocerla; a mí me da miedo, mucho miedo. Prefiero la suavidad de las playas, la caricia de las olas y los cuarenta grados de mi sur. Sin embargo, la vieja sabihonda, ha sabido atraerme.

Primero me ha recibido con la calidez de sus pueblecitos de piedra y pizarra, con ventanas coloridas de geranios. Sus laderas engalanadas de verdes y ocres del otoño terminaban en un blanco entreverado en su cumbres.



Me ha mostrado los pliegues de su origen, a veces, cubiertos de agua en sus cascadas. Ríos que la atraviesan en gargantas y arrastran enormes piedras de cantos bien rodados.

Y cuando me ha notado pisando sus veredas y hundiendo mis pies en ellas para escuchar el crujir de la nieve. Cuando ha observado las sensaciones que mi cara reflejaba, entonces ha dicho: ven.


Y yo, confiada, como la niña que va buscando el misterioso castillo de las hadas, he seguido el caminito por las miguitas que otros van dejando. Casi sin creérmelo, hasta llegar a su mismo pie.

La imagen que vi me cortó la respiración: allí el valle en forma de U terminaba en una mole enorme y en su cúspide tenía una boca grande y abierta.




Aquí, justo en este Monte Perdido debe habitar el monstruo de las nieves, pensé. Lo imaginé en la negra noche, saliendo de su agujero, avanzando y helando con su bufido todo ser viviente.

Menos mal que las hadas tenían un fuego en el castillo y me dieron calor, para más tarde al lado de la lumbre contarme leyendas, enseñarme juegos de azar, mostrarme las estrellas y estar tan cerca de ellas que imaginé poder tocarlas.

sábado, 5 de diciembre de 2009

109. Árbol centenario

¿Cuántos tapones parirá?

domingo, 29 de noviembre de 2009

108. Soy un tomate

Cada vez que vuelvo a la casa del pueblo la veo más vieja, sin embargo, las cosas que guarda de las vidas que la albergaron siguen cada una en su lugar.

En cada cosa hay una historia, un motivo de por qué sigue ahí, hasta la huella de unos labios formada de múltiples besos dados a una fotografía, que me resisto a limpiar.

Esos objetos que, a pesar de que no son nuestros del todo, nos siguen perteneciendo no tienen fecha de caducidad, nos reciben una y otra vez; incluso en silencio, un silencio sólo interrumpido por algún pajarillo que cruza el patio alegrándolo. A veces parece que dialogaran entre sí.

Dice Antonio Muñoz Molina que “a Andy Warhol le gustaba guardar cajas en las que atesorar vanamente las cosas cotidianas de la vida queriendo amansar el río desastroso del tiempo”.

Los mayores de antes no coleccionaban, guardaban las cosas por necesidad ¿y si algún día por H o por B las necesitamos? Eso decía mi madre.

Cada vez que vuelvo de la casa del pueblo vengo más cargada que fui. No sólo mentalmente, sino corporalmente. De ese cajón de sastre que son las cosas que nos acompañaron siempre me traigo algo.

Seguro tendrá esto algo que ver con los genes, también estoy segura que en mí acabará. O quizás se inventen mis hijos alguna performance con lo que encuentren, como el artista chino Song Dong con las cosas de su madre.

Lo único que tiro es un tomate olvidado y mohoso que parece decirme: eres como yo, perecedera.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

107. Todos los días...

te mataré un poquito más.

A pesar de que la reunión era divertida, no lo pasábamos bien. Cada vez que ella intentaba hablar, su pareja le mataba la palabra.

viernes, 20 de noviembre de 2009

106. Levantar el papel donde escribimos...


Levantar el papel donde escribimos
y revisar mejor debajo.

Levantar cada palabra que encontramos
y examinar mejor debajo.

Levantar cada hombre
y observar mejor debajo.

Levantar a la muerte
y escudriñar mejor debajo.

Y si miramos bien
siempre hallaremos otra huella.
No servirá para poner el pie
ni para aposentar el pensamiento
pero ella nos probará
que alguien más ha pasado por aquí.


Roberto Juarroz

lunes, 16 de noviembre de 2009

105. De cine

Este año me incorporé tarde al Festival de Cine de Sevilla, aún así he podido asistir a algunas películas, que no han sido las premiadas, tampoco creo mucho en los premios; por eso, cuando tengo oportunidad de elegir cine de autor, sólo me guío por mis preferencias.

En primer lugar busco una panorámica de las secciones, y luego las películas, una por una. Un recorrido que me gusta, todo nuevo: títulos, actores, lo son la mayoría y de nombres difíciles de escribir. Siempre elijo más de las que puedo ver.

Las salas de los cines comerciales son ocupadas en el tiempo que dura el festival por estas miradas nuevas a las historias de siempre.

Historias basadas en las provocaciones del egoísmo, la envidia, el racismo como en “Jaffa”, (bella) como lo es esta ciudad que apenas se contempla, porque su directora Keren Yedaya se ocupa de mostrar las imágenes de lo que quiere contar: la contención dramática de los personajes, en especial la chica que no puede cumplir el sueño de huir con su novio porque todo se complica en su familia. Una historia antigua en un mundo actual.

Como antigua es la que nos cuenta Manoel de Oliveira. Quise conocer el cine que hizo el año pasado a sus 100 años, “Singularidades de una chica rubia” basada en un cuento de Eça de Queirós. La presentaron como una filigrana que yo no aprecié, pero sí me gusto la forma de contarla. Saber que este director hizo cine mudo y que ahora está inmerso en un documental sobre arte, para seguir con una nueva película, que su productor confía presentar en el festival del año próximo, es un ejemplo de amor al trabajo y al cine.

Y cuando no es la historia la que te atrapa, que también, lo son sus protagonistas como Abel Ayala (el joven de la foto) en “El baile de la Victoria” de Fernando Trueba, basada en la novela de Antonio Skármeta. Una frescura y una delicia la interpretación de este chico.

Para terminar elegí teatro dentro del cine “L’Ultimo Pulcinella”, de Maurizio Scaparro. Un canto romántico a favor de la poesía y el teatro, porque estoy ocupada estos días leyendo este género y porque fue el último guión que escribió Rafael Azcona.

viernes, 6 de noviembre de 2009

104. Contra las cuerdas

La temperatura del otoño no era la normal en la playa, hacía calor. Paseaba, cuando me llamó la atención una señora mayor hablando enfadada.

-Venga, Susi, por favor, ¡camina que es tarde!

Vi a Susi cómo se resistía. Su intención era la de esperar a alguien, pese al esfuerzo por seguir caminando que hacía la señora de aspecto agradable.

Seguí andando unos pasos más; miré hacia atrás, la situación no había cambiado, pero al volver por el mismo camino Susi se había calmado y se mostraba feliz.

Quien no parecía estarlo era el señor de pelo blanco y delgado, que ahora las acompañaba. Se veía muy alterado. Justo al cruzarnos se dirigió a mí.

-Se ha dado cuenta ¿verdad? La he visto antes, mientras alejado de mi mujer conversaba con un amigo, usted contemplaba curiosa la situación.

Esto lo dijo sin mirarme, sólo tenía ojos para Susi, y señalándola siguió.

-Ella, ella es la que tiene la culpa de que mi mujer y yo no nos separemos, sólo está feliz cuando estamos juntos.

El tira y afloja estaba ahora completamente trasladado a la pareja mayor. Ambos, en un exceso de confianza sin apenas conocerme, hablaban a la par, enzarzados en demostrar que cada uno en sus deseos no era complacido por el otro. Si de algo se mostraban seguros, era que el poco tiempo que les quedara por vivir, no querían utilizarlo haciendo aquello que no les gustaba.

Y allí estaba yo, contra las cuerdas, sin poder emitir una media sonrisa a pesar de que la situación resultaba algo cómica en apariencias. Porque era Susi quien les había puesto, si no la soga al cuello, sí a los pies.

Susi, como si no fuera con ella, movía presumida el moñito de su cabeza en brazos de su amo, mientras su ama le acariciaba el pelo.

jueves, 29 de octubre de 2009

103. Arrozales

Ya se ha recogido el arroz en las marismas y los silos al fondo están llenos. Hoy día el arroz es un cultivo totalmente mecanizado, pero sus comienzos fueron muy duros.

Un trabajo penoso y todo ello unido a las luchas por las circunstancias de represión social de aquellos largos años.

Una bandada de moritos sobrevoló los arrozales el día que visitamos Isla Menor. Otra nota de color en esta visión distinta de este alimento tan básico como delicado, y tan dependiente de un buen equilibrio ambiental.

viernes, 23 de octubre de 2009

102. Musas

Si la Arquitectura no proyecta,

y la Literatura no escribe: ¿qué haremos?

Museo Arqueológico de Sevilla

domingo, 18 de octubre de 2009

101. Despertar

Si me moviera, los objetos inertes y desconocidos no lo notarían.

Si me moviera, mi mente adormecida vagaría sonámbula tropezando con ellos.

Suavemente...
al abrigo de las primeras líneas me voy despertando y los recuerdos recientes aparecen...
el dolor de los inmigrantes del sur al norte y vuelta al sur, arrojados de nuevo a la miseria: campo, ciudad, campo y el hambre...

Tristeza...
ante la conclusión del actor en la obra de anoche: “después de un tiempo, el alumno es sólo trabajo”. Algunos ni siquiera se dan ese tiempo.

Vuelvo al libro, sobre la palabra expresiva:

“La prisa, el nerviosismo, el balbuceo de palabras, el vómito de frases enteras, no las atenúa, simplemente las destruye”.

Me doy una pausa, hoy no hay prisas, es domingo, estoy en otro lugar y amanece...


jueves, 8 de octubre de 2009

100. Rostros en el suelo y en el cielo

Laura siempre había visto caras en las baldosas del suelo del cuarto de baño. A medida que crecía, los rostros iban siendo más nítidos. Su madre protestaba porque pasaba en el cuarto de baño más tiempo de lo normal. Era algo que no podía evitar. Esos rostros eran su brújula; según estuvieran alegres o tristes, sabía cómo le iría el día. Si aparecían alegres tenían para Laura otro atractivo: dibujarlos y enseñárselos a su abuela, a la que le encantaba hacer de ellos versitos humorísticos que recitaban a dúo riendo. Entre las dos componían, a modo de caricatura, un variado abanico de personas con su pequeña historia, que quedaban reflejadas en un bloc, al que llamaban “cuaderno de caras”.

A María, su hermana pequeña, le ocurría algo parecido con las piedras que recogía. Le gustaba hacer figuras con ella. Una vez construidas, pedía a Laura su ayuda para colocarlas en el huerto que había detrás de la casa.

-Venga Lauri, ayúdame con estas que pesan mucho y cuéntame otra historia de dinosaurios, -le pedía María en esa hora bruja para ellas-. Y luego me recitas un verso de esos que tú haces con abuela -insistía.

-Hoy te contaré una historia real. En la época que existieron esos animales enormes, toda esta casa y parte del pueblo, estaba cubierta por el mar.

-¡No, no es verdad! Si hace tanto tiempo tú no lo puedes saber.

-Claro que lo sé; mira la piedra que llevas en la mano, es de arena. Con el tiempo, los granos se han pegado unos con otros. Y esa que es tan grande, la que está debajo del limonero ¿qué parece?

-¿Una almeja? –Contestó María con los ojos muy abiertos.

-Es un mejillón gigante. Ven, pasa los dedos por ella. ¿Notas la cantidad de bordes que tiene a lo largo de la concha? Un día te llevaré al río y te enseñaré las huellas de los dinosaurios que hay en las enormes piedras de la orilla. Pero espera..., creo que mamá me llama. Voy a ver.

-Laura, -le dijo su madre- tu abuela no está bien. Entra y quédate a su lado que voy a buscar al médico.

Dejó a su hermana jugando, entró en la casa y se asomó a la alcoba de su abuela que, tumbada boca arriba, parecía que la miraba con los ojos entreabiertos. Hacía mucho calor y estaba sudando de cargar con las piedras. Fue un momento al cuarto de baño para refrescarse. Mientras se secaba miró las baldosas y una de ellas le llamó la atención; se agachó y vio que no era un rostro normal, sino más bien uno cadavérico. Sobre la nariz, una cigarra enorme lo estaba devorando.

Asustada, se puso en pie de un salto. En ese instante entró una mariposa por la ventana y le rozó la cara. Quiso atraparla, pero se le escapó. Salió corriendo hacia alcoba de su abuela. Sus ojos miraban fijamente el techo y su boca, escondida por la vejez entre la nariz y la barbilla, permanecía abierta formando un círculo como queriendo absorber todo el aire de la habitación. La llamó inclinándose hacia ella.

-Abuela..., ¡abuela!

Su abuela no se movía. Sin saber qué hacer dio varias vueltas alrededor de la cama. No quería llamar a su hermana para no asustarla. Se asomó a la ventana para ver si venía su madre pero todo estaba desierto. El silencio del pueblo en esa hora de calima pesaba como algo sólido. Un silencio sólo interrumpido por la débil respiración de su abuela a quien tanto quería.

Entonces pensó que... quizás se estaba muriendo. No quería llorar. Recordó que su madre decía que el oído es lo último que se pierde.

¿Qué podía hacer que a ella le gustara?. Sin estar segura, pero presintiendo su final quiso darle su último consuelo y compartir, quizás por última vez, su “cuaderno de caras”. Buscó una hoja en blanco y de sus nerviosas manos escaparon las palabras que el sentimiento le iba dictando. Cuando terminó de escribir, se sentó en la cama, le cogió la mano y con voz temblorosa le recitó al oído:

Tus labios, remanso de paz entre dos altas cumbres
tus labios, caricia suave, rosa en flor
tus labios, paz en movimiento, sonrisa infinita
tu beso, aleteo de mariposa sobre mi mejilla volando lejos...

Su abuela seguía mirándola fijamente, pero ahora estaba relajada y sonreía. Puso el cuaderno entre sus huesudas manos y salió de la habitación. Su madre la encontró en el cuarto de baño. Miraba desconcertada el suelo. Las caras habían desaparecido.

Laura, ahora, las busca en las nubes.

“La buhardilla de papel” Libro de relatos VV. AA.

Taller de Creación Literaria Buhaira

Isabel Mallén – Colección Caleidoscopio

viernes, 2 de octubre de 2009

99. Ahora vuelvo

* Pinchar sobre el letrero de la foto

En reuniones numerosas me asombra la destreza de algunos camareros para recordar tanto capricho:

Solo

Solo con hielo

Corto

Mitá

Largo

Con leche

Con leche fría

Con leche templada

Con una nube

Manchado

Cortado

Descafeinado máquina

Descafeinado sobre

Carajillo

Americano

Capuchino

Irlandés

Bombón

domingo, 27 de septiembre de 2009

98. Peatones

Cada vez me lo ponen más difícil

domingo, 20 de septiembre de 2009

97. Un verano de palabras

A mí me gustó la idea de NáN a principios de verano. Nos invitó a compartir temas y relatos en su blog desde la ignorancia más atrevida: el parvulario. Y este relato ha sido mi pequeña aportación.

Un verano de olor

“Septiembre ya huele a nardos”. Eso piensa Jimena al entrar en un mercado bastante alejado de su casa y, en vez de comprar comida, sigue el penetrante perfume hasta el puesto de flores.
Compra tres varas de “políanthes tuberosa”, nombre científico de la también llamada vara de San José; para ella nardo.
Porque Jimena no es religiosa y, aunque se aprende las definiciones, por eso sabe que es de la familia Amaryllidaceae (Amarilidáceas), a ella le gustan los nombres comunes y contundentes como su perfume. Le trae recuerdos de los bulbos que su abuela cultivaba.

Ni Jimena tiene el carácter de la mujer del Cid ni la fuerza del huracán que anuncian atravesará el Pacífico Mexicano. Se parece más bien a una gran tortuga de andar lento y pausado. No es muy agraciada, tiene una cara redonda y achatada como la torta de un pan de pueblo.

Es temprano y se nota en la ciudad que ya han vuelto a poblarla después de las vacaciones. Los bares rebosan de mujeres tostadas al sol hablando todas a la vez alrededor del café y con los collares colgados al cuello, sustitutos del minúsculo biquini que no llegaba a cubrir, si las cubría, las siliconas al peso.
Mira su piel de un moreno natural, sólo atravesada por el polvo del gran piso que anoche se encontró a punto su señora.

No compra lo que hace falta en la gran casa que cuida. “Seguro no vendrán ni a comer” se dice y, orgullosa con sus tres varas de nardos, sale del mercado más tranquila que entró.
Entre paso y paso Jimena observa que la miran, algo no usual en su joven vida, se mira su vestido fruncido por si tiene alguna mancha, pero no.

Entonces ocurre el milagro: un joven montado en bicicleta frena en seco delante de ella y le pregunta.
-Perdona, ¿dónde has comprado los nardos?.
Levanta la mirada, incrédula, ante la cara sonriente del chico que aspira el perfume con los ojos cerrados.
-¿Te gustan? -Contesta extrañada, pensaba ella que esa afición suya era algo ya caduco, sólo propio de algunos pueblos y sus costumbres.
Jimena le regala una vara mientras le indica el sitio.

Al llegar a la casa, en la que sirve desde su llegada a este país, pone las dos restantes en un bote con agua, al que echa piedrecitas para que no se tumbe. Con sumo cuidado lo coloca en su habitación, no sin antes desgajar de una de las varas el nardo más hermoso para enganchar en su vestido de tarde, como hacía su abuela, para regalar el perfume a quien se cruza con ella cada día, y se gira para seguir oliéndola.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

96. La letra no entra con sangre

Cada vez que lo pienso, cuando veo lo que veo y oigo lo que oigo, me cuesta más trabajo "comprender" que sea tan difícil "enseñar a vivir", cuando se quiere a alguien tanto como a nuestros hijos.

¿De qué nos hemos olvidado?

¿Qué se ha colado en nuestras vidas, además de la televisión?

jueves, 10 de septiembre de 2009

95. Huellas


Hoy hace dos años que dejo aquí mis huellas,


algún día se borrarán, como borra el mar mis pasos sobre la arena.

Este blog se nutre de la mirada atenta de Manuel Alonso, autor de las fotografías.

lunes, 7 de septiembre de 2009

94. Historia de un instante

Un instante se puede guardar de varias maneras, menos cuando se rebela.

Parece algo pequeño al nombrarlo, pero puede ser grande en su significado. ¿Cómo encerrarlo en un marco pequeño? Esa era la cuestión para Irina esa mañana de primeros de septiembre en su manía de poner cada cosa en su lugar.
Quería recoger el hecho mismo de la comunicación entre una madre y una hija en un claro de azahar. La foto resultaba grande para el marco dorado y ondulado que había elegido; recortarla era la solución, pero había algo más. ¿Cómo reflejar de qué o de quién hablaban?

Irina observaba todos los utensilios preparados encima del escritorio: foto, marco, lápiz, tijera y una pequeña regla de madera para no desviarse. Ella no era ya la niña pequeña, regordeta y risueña, que la había mirado siempre encerrada en ese marco, y la foto en cuestión llevaba años viajando, buscando un lugar definitivo.
El primero siempre se despegaba, no había forma de mantener la foto erguida. A veces, amanecía recostada en algún libro como si por la noche se hubiera empapado de su contenido. Coqueta la madre sugirió sin palabras otro lugar donde reposar: un espejo, aquel en el que se había mirado siempre mientras su hija la peinaba. Y ahí quedó prendida hasta que la coquetería, que también se hereda, necesitó el espejo para mirarse. La foto, igual que un desencuentro en la comunicación, quedó encerrada en un cajón.

Irina se tomó un tiempo mientras decidía qué hacer con ella y se dirigió a la cocina; la comida y la plancha la esperaban. En una taza vertió agua y espurreó con las manos unos pañuelos, los lió como se lía una croqueta y los dejó para que se humedecieran.
Uno, dos, tres, cuatro dobleces necesita un pañuelo para que quede perfectamente planchado, menos el que presentaba un agujero justo en la esquina del último doblez; el único que tenía el nombre mejor bordado.


Entonces lo tuvo claro, se dirigió al costurero, la fina tela del pañuelo necesitaba una tijera especial.
Decidida, recortó el bordado. Eliminó los bordes de la foto, para ajustarla al marco dorado, y colocó el nombre recortado en el canal mismo de la comunicación entre madre e hija.

-Me voy dentro, tu padre está solo.
-Vale, mamá, yo me quedo todavía.
Y se fue para siempre detrás de él.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

93. Acercanza

Igual que hay palabras nuevas que se incorporan a nuestro lenguaje de manera oficial; los académicos, encargados de esta inmensa tarea, también desechan otras por falta de uso. Aunque a veces se resisten, como con la palabra acercanza que el diccionario de la Lengua define como proximidad, relación.

Fernando Valls en su blog La nave de los locos sugirió, para volver a darle vida, incluirla en poemas escritos o visuales, aforismos y microrrelatos.

Y yo hoy estoy contenta de ver en su blog el textito que le mandé:

Deseos cumplidos

Aquel tórrido verano, otoñal para María, sintió que su acercanza al mundo de los libros no había sido la deseada, por eso se los bebió todos. Ahora, María escribe y suda a chorros; mientras piensa se abanica, el frescor del aire acaricia las gotas sabias que corren por su pecho.

Quiero desde aquí agradecérselo y deciros que lo visitéis para leer todos los textos a favor de esta palabra, una forma hermosa de enfocar el lenguaje.

lunes, 31 de agosto de 2009

92. Lara Moreno



Yo en verano, como no me voy de vacaciones, aprovecho para leer. Voy atesorando libros para esta época de tardes largas. No quiero que termine agosto sin expresar lo que he disfrutado con el de Lara que guardaba para leerlo despacio y saborearlo.



Los relatos de Cuatro veces fuego son de una lectura clara y una sabiduría vieja. Sorprende cómo Lara utiliza las palabras y el universo donde las coloca. Así su lectura es mágica. Detiene la vida que fluye en sus personajes, los mantiene en suspensión y abrillanta un momento de ellos; un detalle que nos da la talla de lo que cuenta, para decirnos que paremos y nos fijemos, que no hay que buscar lejos, que todo está aquí delante de nuestros ojos.

La suya es una sabia mirada para descubrir qué siente el joven y qué ha vivido el viejo. Como círculos concéntricos provocados por una piedra lanzada a un río; así se agranda el texto con esos detalles escogidos con precisión para multiplicar su significado.

Mira que no te conozco, Lara, pero no sé por qué te veo en tus cuentos. Unos cuentos que, a pesar del fuego que transmiten, me dejan flotando como en el agua.

El verano pasado escribí con ironía sobre el término “desaparecer”. Ahora, inmersa en la lectura de tus relatos, sí he desaparecido literalmente en mi sofá y, en vez de quedar en él una pelusa de lana verde, ha quedado un bolígrafo que no se cansa de escribir las sensaciones que me han producido.

Igual que las historias que se cuentan al amor de la lumbre, yo he escrito cuentos al amor de tu libro.

Gracias LARA

sábado, 22 de agosto de 2009

91. Sacapuntas

Click, click, click, ¿qué haces? Miras por la ventanilla del coche como si no hubieras pasado por aquí nunca.

“Sí, eso parece, quiero que mis ojos registren lo que ven ahora. Lo que creían ver, cada vez que pasaban por esta ruta durante tantos años, sin prestar atención sufre variaciones y, como la realidad es cambiante, quiero nombrar lo que veo”.

¿Y eso a qué viene? Ya, deben ser influencias del libro que llevas en el bolso, ese que te veo leer a ratos y que aparcas para llenar notitas con tu escritura minúscula ¡anda, que si pudieras, escribirías hasta en los bordes!

“Me gustaría sacarle punta a todo lo que miro, desnudarlo, como desnudos han dejado a esos olivos arrancados de la tierra, luciendo al sol sus raíces, pero la memoria es huidiza y nos traiciona y, eso que vemos lo sacamos de contexto, lo mudamos para, como en un pastel, decorar donde más nos gusta. Por eso quiero simplemente abrir bien los ojos y describir: el verdor nuevo que brota en la azotea de los naranjos, la sequedad del maizal, las chumberas cargadas de frutos, las pequeñas explotaciones agrícolas. La vieja azucarera a lo lejos que ya no come remolachas para transformarlas, el arroyo Almonazar casi seco"



Las vallas publicitarias anuncian la ciudad; en su vientre, conductores medio dormidos de un sábado cansado y caluroso.



Entramos en una calle principal y allí está ella entre la bruma, erguida al fondo, afilada. Y él, que es ella, arriba de todo, quieta y sin aire que la haga girar en Agosto”.



Para de mirar y dime al menos el título de ese libro que te gusta tanto.
“En el próximo pensamiento, te cuento...”

miércoles, 19 de agosto de 2009

martes, 11 de agosto de 2009

89. ¿Cómo te gusta leer?



A mí tendida en el sofá, con los pies en alto y apoyados en el respaldo.

Este verano llevo las uñas de color rojo ciruela, regalo de una amiga.

Así, cuando leo una frase que me gusta, levanto la vista del libro y mientras mastico la frase, admiro su color y saboreo su acidez o su dulzor.

martes, 4 de agosto de 2009

88. Caramel


Esta mirada es la de la directora libanesa Nadine Labaki y su primer filme, Caramel, en tono de tragicomedia, es la historia de cinco mujeres en torno a un salón de belleza de Beirut. El título se refiere al método más utilizado en su país para depilarse, una mezcla de agua, zumo de limón y azúcar que, después de hervir y convertirse en caramelo, se deja enfriar en mesas de mármol antes de aplicarla en las clientas.

"He crecido con todo ese ritual: mi madre, sus amigas, mis primas, las vecinas... Las recuerdo en la cocina de casa preparando la pasta, y mi hermana pequeña y yo espiándolas de niñas, deseando ser lo suficientemente mayores como para iniciarnos en aquellas reuniones. Por supuesto también están los métodos modernos: cera, láser... Pero gana en popularidad la depilación con caramelo. Por eso el aroma de un salón de belleza tradicional libanés es dulzón. Relajante, reconfortante e hipnotizador”.

Visto así podría parecer otro filme de mujeres o hecho para mujeres, sin embargo, no retrata un universo cerrado. Muy al contrario. Muestra cómo se puede hacer buen cine con poco presupuesto, con actrices debutantes, y hablarnos con naturalidad, casi sin decir, sobre: solidaridad, homosexualidad, seducción, deseo, generosidad, sensualidad, infidelidad, senilidad, tradición y todo regado con un fino sentido del humor.

La misma Labaki dirige, actúa y contrata intérpretes neófitas. Muchos riesgos para una primera película. "Desde cría he soñado con crear mundos que no tuvieran nada que ver con mi propia realidad, mi rutina vital. Rodar una película que no hable de la guerra ha sido intencionado, quería mostrar una realidad de Líbano que no se conoce tanto. Un salón de belleza es una isla de libertad. Esos locales me fascinan tanto a mí como a los hombres, que desean curiosear tras sus puertas: les hacen imaginar cosas. Para las mujeres, en cambio, son un sitio de esperanza. Salen de allí con mucha más confianza en sí mismas, más bellas. Puede parecer superficial, pero es muy importante”.

Hay ciudades viejas, pueblos viejos, casas viejas que parecen que van a caerse como las letras de algunos rótulos. Y es ahí, dentro de ese decorado caduco, donde la vida late con más fuerza, donde las historias están mejor contadas como ocurre en Caramel: sensual, sincera y sabia.

Y luego está la banda sonora, otro personaje más, -me enamoré tanto de la partitura, que acabé casada con su creador Khaled Mouzanar- dice Nadine con esa mirada...

viernes, 31 de julio de 2009

87. Es allí donde voy


No me pregunten el sitio, o mejor sí, voy a leer o releer a Clarice Lispector.

Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada magia: es allí donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí donde voy. ¿O no voy?. Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas”.
Es allí donde voy de, Silencio.


Tal vez ése haya sido el esfuerzo más grande de mi vida: para comprender mi no-inteligencia, mi sentimiento, me vi obligada a volverme inteligente. (Usamos la inteligencia para entender la no-inteligencia. Pero después el instrumento –el intelecto- por vicio del juego sigue usándose y no podemos coger las cosas con las manos limpias, directamente de la fuente)”.
El uso del intelecto de, Aprendiendo a vivir.

lunes, 27 de julio de 2009

86. Atranquijos

Niñas, dejad de decir atranquijos! -nos reñía mi abuela, cuando jugábamos a decir palabras sin significado, precisamente con ésta que tampoco lo tiene en el diccionario.

Shloryme – sharc – sardagi – biling – tedly – mersayun – distu – acrin – polest – triscro – pettr – brebac – hucinef – dedit – waygspu – misculc – sureom – nert – tostro – mentu – hoanonki – odoni – porimori – aldicest – ablemeg – nutere – quivest – dedrawi – dulnerin – ingumin – bighteo – oraryods – dirogo – curia…

Éstas que parecen atranquijos, son las palabras que salen para su verificación cuando hacemos comentarios en algunos blogs, con el fin de reducir los no deseados. Hace días que las anoto, y me pregunto y os pregunto para qué este martirio, para mí leve porque me acuerdo siempre de mi abuela, si podemos suprimirlos.

A veces se cuela una palabra con significado como la última que me salió al opinar:
Curia: f. Tribunal eclesiástico...

Os confieso que me dio más miedo que todos los atranquijos del mundo.

viernes, 17 de julio de 2009

85. Parole



Quiero que tus palabras habiten en mí como bacterias

déjame notar sus latidos en la punta de mi lengua

toma mi pulso y espera.

viernes, 10 de julio de 2009

84. Seis palabras

El recuerdo de Félix fue breve como su vida entre nosotros. No podía dar crédito, su figura larga, el frío glacial que le envolvía metido en aquella caja improvisada y todos hablando sobre su trágico final, no me producía ningún dolor. Yo le temía, era dañino, no conocía su vida pasada y, a veces, daba a entender por su soltura y rapidez que tenía mucha experiencia a pesar de su juventud.

Estos pensamientos y la alegría de su desaparición me ocupaban, cuando a lo lejos divisé a mi hija que se soltaba de la mano de su padre y se dirigía a mí corriendo.

-Mamá, mamá, ¿sabes cómo murió Félix? Yo estaba en el parque jugando agachada y por detrás algo gordo que pesaba mucho me tiró al suelo, entonces Félix de un salto lo apartó. ¡Mamá! –sollozaba- ¡un perro enorme lo destrozó mientras Silvia tiraba de mí!
El final de nuestro gato no pudo ser más sorprendente para mí. Ahora lo echo de menos.

Dedicado a Sol.

domingo, 5 de julio de 2009

83. Toneladas de hierro

Tolerado, pasajero, ajeno, también estaba él, impotente y absurdamente móvil, como un insecto oscuro que agitara patas y antenas en el aire de leyendas, de peripecias marítimas, de labores desvanecidas, de invierno.
Al fin todo se pudre, todo cría cáscara y hay que tirarlo o venderlo.


...y el barco gris, sucio, alijado, con nombre de mujer descendió del río y vino a echar anclas frente al astillero.

Juan Carlos Onetti, El Astillero

domingo, 28 de junio de 2009

domingo, 21 de junio de 2009

81. Libres parpadeos

¿Sabes cómo ocurrió?

Con un movimiento incontrolado de mi párpado derecho. Leía, sentada en mi butaca, cuando lo noté. Me levanté y me miré en el espejo del cuarto de baño.

Era curioso ver cómo tu párpado, sin que tú hicieras nada, parpadeaba a su aire como si hubiera decidido separarse de ti, cansado de proteger tu ojo cada vez más rojo. Con las pestañas danzando a modo de abanico me dijo: ahí te quedas y, ante mi asombro, se fue volando. Fue un contagio tan veloz como su marcha.

Si tus ojos desnudos te permiten echar una ojeada al cielo, puedes contemplar millones de párpados en desbandada. No quisieron seguir protegiendo nuestros ojos de tanta injusticia y maldad.

Y ahora, ¿qué?

lunes, 15 de junio de 2009

80. La soledad de los parques

Los parques, solitarios por el calor ambiental, alfombran sus caminos para que paseemos.

Las flores, abiertas al sol, nos dicen: no dejéis de mirarnos o moriremos.