Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a escribir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a escribir. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de agosto de 2026

665. Quemado por el sol

Estábamos mi madre, de nombre Virginia, haciendo la comida y yo dando vueltas en la cocina enredada con la pronunciación del inglés por un examen. No conseguía pronunciar bien “bisabuela” cuando la mía, aprovechando que estábamos distraídas, pasó ligera hacia fuera diciendo: voy a ver mi rosal. 

Salí detrás de ella por si se caía. La vi delante del arriate con los brazos en jarra y quejándose porque su rosal estaba casi seco. Por si fuera poco, al mirar hacia arriba del muro vio el Parthenocissus (planta trepadora que en algunas especies se llama enredadera de Virginia) quemado por el sol.

Mi bisabuela decía una y otra vez: esta sí que está “achicharrá”.

Un ruido fuerte en el cielo nos hizo a las dos mirar hacia arriba. ¡Mira, un parapente!, le dije y se está acercando…, pero mi abuela no miraba, corría con las manos en la cabeza hacia dentro gritando ¡Fuego, fuegooo!

viernes, 24 de abril de 2026

662. Correr

 Ahí va Blanca, mi hija, entre el cielo y el suelo.

Le gusta correr todos los días antes del trabajo o después, bueno, más que correr yo diría que vuela y eso no es vida. Se lo digo siempre cuando sale, sobre todo, en un día como hoy porque el cielo barrunta tormenta. Cualquier día…, pero me tengo que callar porque cuando me pongo a advertirle dice que la estreso. Se va diciendo adiós con la mano, le gusta hacer el mismo recorrido y conoce las distancias, no el peligro. Hace frío pero la sigo observando desde mi terraza esperando que vuelva.


Me llamo Blanca, he corrido más rápido que nunca huyendo de esa amenaza de tormenta y hoy estoy cansada. He llegado a un lugar que no conocía; es un jardín muy cuidado aquí luce un verde esplendoroso, tiene dos niveles y abajo hay, ¡menos mal que hay bancos! 

Un asiento es como beber agua y reponerse. Pero antes haré algunas fotos.

Soy fotógrafa, pero casi me gano la vida haciendo vídeos, ahora me han encargado un tráiler y creo que voy a usar este sitio que parece un merendero.


Es raro, oscuro, aunque por arriba tiene huecos que la vegetación ha cubierto y si le da el trasluz son como ojos grandes vigilantes. Pero qué…, oigo pasos, me daré prisa en grabarlo antes de que me echen, me vendrá de perlas para el tráiler de terror que estoy 

ha… cien…do,   me ll..aa…mo…

viernes, 30 de mayo de 2025

648. Roturas

La primera vez que escuché la palabra "deconstruir" pensé en ella. Un día le pregunté si sabía que quería decir y contestó rápido: descoser.

La había visto hacerlo, tenía que haber fotografiado la escena: unas tijeras en su mano, en sus oídos unos auriculares y encima de la mesa de camilla montoncitos de botones y bobinas de los distintos colores de las prendas. Descosía con maña hasta el pespunte, -para aprovechar los hilos en hilvanados posteriores-, me dijo. Esas manos pequeñas podían con cualquier obstáculo, nada se le resistía.

La escena también incluía a su perro que siempre la observaba fijamente. Era el que conseguía que aparcara esa afición para sacarlo a pasear.

Sí, deconstruir o deshacer era una de sus aficiones, pero en esta, observándola en su afán, se traslucía un objetivo. A simple vista el reciclado. La prenda a la que sometía esa tortura se libraba de una muerte prematura. Decía que no las regalaba, ni por usada, ni por vieja, ni por pasada de moda, sino porque una vez que las regaló a una persona necesitada, al salir de casa se encontró con su ropa tirada en un regajo.La misma ropa que había cubierto su cuerpo, había recibido antes que su piel la caricia de unas manos queridas o el elogio de lo bien que cosía.

Hoy, después de mucho tiempo, la encontré en la cocina acariciando el borde de unos platos. Cogió uno que tenía una rotura en el borde, -lo uso a menudo, a ver si se rompe-, dijo y rompió a llorar. La abracé con fuerza, sabía que su perro la había dejado después de años de compañía.

Para Lola, con mi abrazo.


Nota:

La RAE (Real Academia Española) utiliza el término "deconstruir" en el sentido de "desmontar analíticamente algo para darle una nueva estructura o interpretación", especialmente en filosofía y teoría literaria.

viernes, 31 de enero de 2025

642. Ritmos

A Sara siempre le preocupaba más el cuándo que el porqué. 

Se había quedado encerrada en el ascensor. Miró, de nuevo, en su móvil su llamada de socorro a su pareja.

-Ven, por favor, se ha ido la luz y me he quedado atrapada entre planta y planta.

Su salvador tardó en contestar y cuando lo hizo no dijo:

-Voy.

Tampoco.

-Vendré.

Dijo que -"vendría" en cuanto pudiera- y entonces Sara dejó caer la compra y se sentó en el suelo.

El problema era ese Condicional simple que siempre usaba. Vendría, podría, haría... 

Por tanto, Sara “tendría”, de una vez por todas, que afrontar esa diferencia de ritmos con su pareja. 

miércoles, 18 de septiembre de 2024

633. Miedos


Desde un chiringuito de playa contemplo las olas que se encuentran, se besan… Como se saludan y besan dos mujeres mayores en la mesa contigua. Hablan fuerte, pido un café y cierro el libro. A quien nos gusta escribir nos aconsejan que debemos agudizar la atención y la escucha.

-Uf, -se queja la que parece más joven- ¡qué manera de sudar!

-Hija, no me extraña, ¡si has cogido la bici para llegar, con la que cae a esta hora de la tarde! Así estás: fuerte y musculosa. Mira yo, todo me cuelga y el esqueleto me cruje cada día más.

-Anda, no te quejes que tienes un cutis estupendo, casi sin arrugas. Con este paseo marítimo que tenéis bien podías montar en bicicleta también. 

-Si yo te contara…

-Pues venga, cuenta mientras me tomo una tónica para refrescarme.

-Yo no pude montar en bici de pequeña, ya sabes lo temerosos que eran mis padres. 

Se me iban los ojos cuando veía a mis amigas después del colegio dar vueltas con las suyas, mientras yo merendaba mi “papocha”. Sí, no me mires así; al pan de máquina, como lo llaman en otros sitios, se le corta un trozo del pico, se saca la miga en círculo sin romperla y se vierte dentro aceite de oliva y azúcar, se vuelve a tapar con la miga y se presiona para empaparlo. Eso nos quitaba mucha hambre aquí en el sur, además de alimentarnos. 

Mi amiga disfrutaba de su bici y nunca me la dejaba porque yo no sabía montar. 

Pasaron los años, tuve hijos y le compramos una bicicleta al mayor, su padre le enseñó a montar y a mi me encantaba mirarle dando vueltas en el llano de mi infancia.

No recuerdo si fue idea suya o mis ganas reprimidas durante tanto tiempo, que un día me atreví y aprendí a montar en la bici de mi hijo. No era igual que conducir un coche dentro de él tan resguardadita. La sensación de equilibrio, de ir de cara al aire, de dominio era sensacional... 

-Genial, me alegro y ¿entonces? Venga, sigue contando.

-Pero de pronto, en ese dar vueltas todo volvió, el miedo de mis padres a mis caídas, el miedo, el miedo…, ese miedo atroz que te paraliza hasta para correr. 

Yo lo había apartado al educar a mis hijos, aún así, no quería romperle esa bici que tanta ilusión nos había hecho a los dos, y…, también otro miedo, que no todos desaparecen, el miedo a caerme y estar impedida para seguir cuidándolos.

-Bueno, pero esa asignatura pendiente supongo desapareció, ¿no? 

-A medias, porque ahora que vivo sola tengo más miedo de caerme. 

Siguieron hablando y me marché con sus risas en mi oído. Sabían reírse de sí mismas y tomarse la vida como viniera.

viernes, 19 de enero de 2024

620. Mercados


Me llamo Mario y soy periodista. Me gusta ir por las mañanas a los mercados de Abastos y pasearme entre los puestos cuando no tengo ningún trabajo que entregar. He vivido en varias ciudades y al visitarlos, los comparo. Hay diferencias en su aspecto, pero no tanto en las conversaciones que escucho. Sobre todo a media mañana que ya han desayunado las amas de casa con sus amigas y aprovechan para hacer la compra.

La primera vez que comenzó esta afición mía yo esperaba en un puesto de charcutería y miraba con hambre esa variedad tan apetitosa, no sabía cual elegir para un bocadillo. Era mi primer trabajo en la redacción y mi primer día, además, tenía que administrar bien lo poco que iban a pagarme. Me dirigí a la señora que tenía a mi lado para que me aconsejara, pero advertí que con cara de enfado tiraba de algo. Pensé que al otro lado tenía al perro. No pude evitar exclamar:

¡Madre mía, pero si es un niño!   

Me miró enfurecida diciendo: ¿Un niño? Es un diablo que ya se me ha escapado varias veces mientras guardo las colas. Esto último lo dijo con retintín mirando a la tendera que charlaba animada con otras clientas. Como no le echaba cuenta siguió casi gritándome y tirando a la vez de la correa mientras el niño lloraba: 

-¿Y sabes? ¡Por poco me lo mata un conductor que iba como un loco! ¡Cómo se nota que nunca serás madre!

-Y usted qué sabe, señora, le contesté. 

Por los gritos que emitía todas nos miraron riéndose de mi respuesta.

Ahora, también me río, ese día salí pitando de allí y me quedé sin bocadillo.

Sin embargo, veo que se siguen usando esos cinturones con alargadera; hace poco vi una madre joven que hablaba por el móvil, su hija pequeña protestaba porque quería alcanzar algo y no podía.


miércoles, 13 de diciembre de 2023

617. Como encerrada con un solo juguete


Aquel verano se alargaba demasiado, pero de pronto llegaron las lluvias. En un adosado todo se oye. Un vecino protestaba porque la piscina le estaba rebozando. La vecina del otro lado porque tenía albañiles en el patio y la azotea y no podían acabar las obras. Fueron tormentas localizadas que no duraron mucho, pero torrenciales, tanto que, desde mi cocina y en silencio escuchaba el tintineo de las goteras de su techo en las palanganas. A veces, según la intensidad, parecía un concierto acuático. 


Estos adosados tienen detrás un espacio que cada vecino emplea como quiere. Yo tiendo una hamaca entre dos postes de hierro y leo tan a gusto. Pero ese día no podía porque una conversación de mi vecina, con alguien que parecía una amiga, me lo impedía. Hablaban de los albañiles cuando ellos, en su ir y venir vaciando escombros, estaban en la azotea.


-Míralos, decía mi vecina ¿te parecen hermanos? Ay, hija, ¡un poquito de imaginación, por favor! Tú misma dices siempre que tus hijos también son distintos. 

-Sí, la noche y el día. ¿Y qué me quieres decir con eso? 

-Te cuento: El más bajo es achaparrado hasta en los andares; le gusta cantar y se crece si lo miran, seguro que se cree el amo del mundo. El otro día, cuando miraba los dibujos de su cuerpo, pensé que era un hombre hecho para el verano, porque tenía de cintura para arriba un tatuaje tan variado que parecía una camiseta de colores. -Oye, que te estás durmiendo y no es la hora de la siesta.


-Perdona, pero será la cerveza que me has puesto, sigue, por favor.

-El más alto, es su hermano mayor. Ese lo tiene todo, seguro será el preferido de su madre porque es responsable y trabaja fino hasta en los detalles. Como este: mira como me ha puesto estos azulejos. Chist, ahí llega, ¿ves? -Hola, dijo más alto y volvió a su cuchicheo.


Me acerqué a la pared que nos separaba para escuchar mejor.


-Siempre saluda, pero no abandona su trabajo. Observa sus andares ¿tu has visto alguna vez un albañil que hasta su porte sea elegante? Es serio, formal y su mirada es limpia, tanto como su sonrisa…

-Para, ¡hija, no te embales!, que estás cogiendo un camino… A mí lo que me ha llamado siempre la atención de los albañiles es su forma de hablar entre ellos, no hay quien los entienda.

-¡Ah, no! Este, el más alto, habla hasta claro y no me mires así. ¿No decías cuando entraste que parece que llevo días encerrada con un solo juguete? Ahí lo tienes, solo observo lo que veo y me parece más sugerente que mirar la tierra que van dejando y las telarañas que se están acumulando.

-Niña, tú estás majara perdida. Me voy, que se me hace tarde.

Y entraron en la casa. Y me dejaron sin final para mi cuento…  

miércoles, 20 de septiembre de 2023

613. Lluvia

Ya huele a otoño. No por la lluvia que ha caído en algunos sitios de la Vega del Guadalquivir, sino porque la tierra estaba tan sedienta, que ella contenta, nos devuelve ese olor cada vez más gratificante.

Aquí ha llovido como nos dice Pessoa al principio de su poema a la lluvia:


Llueve en silencio, que esta lluvia es muda

y no hace ruido sino con sosiego.


El otoño, que llegará este fin de semana, también me huele a poemas, quizás porque la poesía me lleva a regiones tranquilas.

Yo no sé escribir poemas, me pasa como cuando miro una pintura que solo me hace sentir cosas. 

En uno de esos sentires escribí un poema a mis hijos porque la ignorancia sigue siendo atrevida.


Hoy no hay foto, la pondré cuando llueva a cántaros.


viernes, 3 de febrero de 2023

600. Mesa de camilla

Tres mujeres estaban sentadas alrededor de una mesa de camilla. Dos hablaban hasta por los codos y no me dejaban estudiar. 

La que escuchaba era mi madre que, de vez en cuando, les  decía: chittt, la niña está haciendo los deberes, pero ellas ni caso. Seguían hablando de sus hijos con el tono cada vez más alto.


La mayor comentaba que no ayudaban en casa, ni con las tareas, ni económicamente.

La más joven le decía, entre otras cosas, que los hijos no son un negocio. Al escuchar esto último la cara le cambió a la mayor. Contestó enfadada y atacando. 

¡Pero están viviendo gracias a ti: los paristes, los educastes, le das lo que necesitan! Y, cómo te responden; con el olvido, ni te llaman.

Pero no se los reprocho como tú; yo nos lo quiero hipotecar, que parece que con lo que haces por ellos les pidas intereses.


Como el tono iba subiendo mi madre zanjó la cuestión con unas preguntas:

A ver, ¿los hijos piden nacer? No, ¿verdad? Están aquí porque lo elegimos como padres y los queremos y cuidamos porque ha sido nuestra elección. Es nuestra responsabilidad. Y la mía ahora es cuidar de mi hija, que haga los deberes 

y ayudarle si lo necesita.

Se levanta para invitarles a irse, pero la mayor no conforme, me mira y le pregunta a mi madre algo indignada. 

Y, ¿crees que ella te va a ayudar cuando lo necesites?

Ese será su problema, no el mío, contesta sonriendo. 


Cuando se fueron, comenté que había cosas que no entendía.

No te preocupes, dijo mi madre poniéndose el delantal, cuando seas mayor lo comprenderás, y más aún si tienes hijos. Y ahora que se han ido a lo tuyo.


Hacer los deberes en la mesa de camilla mientras mi madre trasteaba en la cocina era mi música preferida.

sábado, 7 de enero de 2023

598. Se acabó...

 La Navidad se acabó, pero nos quedan los cuentos:

Hambre

A Clara la conozco desde el colegio. Más delgada que un

espárrago del campo, no como yo que me como hasta las

piedras.  Ella tiene una nariz afilada siempre metida en los

libros, como si se escondiera en ellos. Yo se los prestaba

todos y ella me dejaba copiar en los exámenes.

Las navidades eran lo peor, no tenía apenas regalos y yo

de mis ahorros le daba para dulces.

Un año al volver de vacaciones la vi más alta, más espárrago,

pero feliz.

-¿Sabes lo que he hecho con tu dinero?

Me encogí de hombros. Estaba claro que si había comprado

dulces no había puesto ni un kilo.

-He leído tres libros, me dijo al entrar en clase.

Me dejó intrigada. Pensé que, como habían mandado leer en

vacaciones un libro, había empleado en eso mi regalo. Pero

¿tres? Me puse en lo peor, podía haberlos robado.

No pudimos hablar hasta el recreo. La cogí por un brazo y la

llevé hacia un lugar apartado para echarle la bronca. 

-No te preocupes, no he robado nada ni a nadie -me dijo al ver

mi cara de desconfianza-, mi madre necesitaba un vestido y

me pidió que la acompañara a una de esas grandes superficies

que han nacido como setas. 

Mientras ella revolvía cielo y tierra para descubrir una ganga,

observé que en la caja mujeres elegantes cambiaban algunos

vestidos. Seguí a la dependienta que llevaba los devueltos al

perchero. Me puse a buscar por si había uno para mi madre

(aún tenía tu dinero y pensé dárselo a ella), pero el que escogí

tenía el cuello algo sucio. Entonces escuché a dos mujeres

que criticaban a “esas señoras” que, aún teniendo dinero, iban

a descambiar las prendas después de usarlas para una fiesta

como si nada. A mi madre no le gustó lo que había y no me

cogió el dinero.

-Pero ¿qué tiene que ver eso con los libros? -le pregunté

impaciente mirando mi reloj, se acababa el recreo.

-Tu sabes que yo adoro los libros y que te los devuelvo nuevos,

sin tachaduras ni páginas sueltas; pues en una  enorme

librería, que habían abierto nueva, daban facilidades para

cambiarlos. Escogí uno y lo compré para regalo. Lo demás te

lo puedes imaginar.

Entré en clase pensando que mi amiga tenía cada vez más

hambre de palabras.

sábado, 23 de abril de 2022

584. Amor romántico

 El otro día estaba sentado en un banco del parque, lo suelo hacer cuando quiero despejarme de lo que estudio, que no viene al caso.

Delante de donde me encontraba dos chicas muy sonrientes de unos veinte años se encontraron y saludaron. Una de ella daba saltitos como de felicidad y la otra le preguntó:

¿Hoy es el día?

Sí, contestó sin parar de saltar, yo creo que me lo pedirá, me ha citado aquí mismo.

¡Qué romántico! Pues no te retrases, ya me contarás.

Como la chica de los saltitos señaló el parque y me apetecía dar un paseo, la seguí intrigado.

En un recodo me despisté, pero alguien chocó conmigo. Era la chica que venía de vuelta corriendo y casi gritando:

¡Un sitio horrible, seguro que es un ogro y conmigo no, que se case con otra!

Menos mal, justo a tiempo, pensé.

domingo, 20 de febrero de 2022

580. La carretera

A Sabrina le gustaba conducir su coche rojo por esta carretera a la vuelta de su trabajo. Escogía este tramo, sobre todo, en los cambios de estaciones porque la hilera de árboles que quedaba a su izquierda le parecía hipnótica. Le encantaba verlos mudar de un verde frondoso a unas venas esqueléticas y enrevesadas.

La última tarde que pasó por allí el paisaje lucía en casi toda su desnudez y transparencia. Sin embargo no fue eso lo que recordará siempre. Al girar en la primera curva a la izquierda un coche negro se le venía encima y al verlo se quedó paralizada.

Afortunadamente ni a ella ni a su coche rojo le pasó nada. Un coche que la seguía pulsó la bocina del suyo con tanta insistencia que el coche negro frenó en seco. Cuando Sabrina se repuso y volvió la cabeza la persona que la había salvado ya no estaba.

Ella nunca supo que era un compañero de trabajo enamorado de ella que, sabiendo lo despistada que era, la seguía cada día hasta ese cruce sin que ella lo advirtiera.

sábado, 22 de enero de 2022

578. Soy un pez

 

No os lo toméis al pie de la letra, pero sí, a veces me llaman raro porque soy diferente. Soy muy independiente. Por ejemplo, no me gusta cuando en uno de mis paseos oigo gritar a los pescadores desde sus embarcaciones:

-Lanzad la red que viene un banco de peces.

Ni en plural quiero yo que me llamen banco, entonces, me muevo rápido, planeo y me escapo. A veces me llaman “raro”. Me gusta ir por libre y no soporto que impidan mi libertad. Cuando me acerco a la orilla de noche y me asomo para buscar las constelaciones, veo con mis ojos planos la intención en algún paseante de cogerme con sus manos; me quedo quieto, veo su sonrisa y justo ahí me zafo.

Entonces quien se ríe soy yo porque se quedan mirando el agua y ya no estoy en ella porque soy un pez volador. De quien más huyo es de los japoneses, que persiguen sobre todo mis huevas para el famoso sushi y es que el humano es el mayor de los depredadores.

viernes, 19 de noviembre de 2021

574. Están locos, locos

Las personas no tenemos que caernos bien a la fuerza. A Oscar no le caía bien su vecino Ernesto que era más joven que él; un chico serio, oscuro y algo encorvado, como metido hacia dentro. Una vez que tomaba contacto con alguien y hablaba un poco hasta podía sonreír, pero su expresión no era de felicidad.

Estaba casado y tenía cuatro niños muy malos y traviesos para su padre, como él decía, pero encantadores para el vecindario. A Ernesto su malestar le salía a flote cuando les reñía y esto sucedía a menudo. Para conversar elegía a sus perros que se pasaban el día ladrando. Esto era de lo más pesado para Oscar que era escritor y le gustaba escribir en la parte posterior de la casa al aire libre. Entre los perros del vecino y el canto de las palomas turcas, pesadas como no había otras, el pobre hombre no podía concentrarse, incluso, si entraba dentro de la casa.

Con los perros no podía hacer nada, pero ¡ay las palomas! Para ellas se construyó un tirachinas como los antiguos, aunque las gomas, “no eran como las de antes” decía él. Con toda paciencia las cambiaba cuando se rompían. Buscaba garbanzos secos o piedrecitas pequeñas y a la caída de la tarde, antes de tenderse a leer en la hamaca, comenzaba la caza de las palomas que se posaban en su lugar preferido: la antena de la televisión.

Antes de los garbanzos puso en práctica otro método que creía infalible: ataba una cuerda a la parte de la antena donde se posaban y tiraba de ella para asustarlas, por tanto, que quede constancia de que asesino no era el hombre. No funcionó y fue cuando pasó al tirachinas.

Pero el tirachinas… Su mujer, con todo acierto, se lo escondía cuando los niños del vecino jugaban porque recordaba que en su infancia hubo más de uno ciego por jugar con este instrumento peligroso. Desde la cocina le gritaba: -¡Todo este asunto está rayando en lo patológico, estás loco!

Ser la mujer de un escritor no era cosa de gusto. A ella le encantaba viajar, pero cada verano alquilaban la misma casa en una urbanización de la sierra; había muchos senderos por donde pasear, y Oscar aprovechaba para hablarle de argumentos, tramas etc. Y sucedió, que en uno de esos paseos mientras hablaba con su mujer tranquilamente, pasó un ciclista por su lado acompañado de varios perros. Uno pequeño y juguetón se le enredó a Oscar entre las piernas y lo tiró al suelo. La mujer asustada le echó la bronca al ciclista que resultó ser Ernesto, su vecino. Ese mismo día hicieron las maletas, pero antes de irse Oscar lanzó los garbanzos que le quedaban con el tirachinas a boleo por si tenía la fortuna de darle a “algo”.

-Pero..., qué coño me ha pasado por la cabeza.

Esto lo dijo un joven vestido de operario con un mono azul perteneciente a la empresa “Masfrío”, que acababa de arreglar una fuga de gas del compresor de la unidad exterior del aire acondicionado situada en la azotea de Enrique. Estaba en cuclillas, guardando las herramientas en su caja y con la mano derecha contestando otra llamada de otro cliente; ese verano las temperaturas habían alcanzado los 43º a la sombra, y, lo que le golpeó, le tiró el móvil la suelo.

Y allí estaba junto al móvil la paloma tendida boca arriba, quieta, sin voz ni arrullo, ni canto repetitivo.

Bajó a la casa rápido, y, mientras la mujer de Enrique le pagaba, no dejaba de protestar señalando al vecino. Mientras, su marido sin prisas metía a los perros y a sus hijos dentro del patio interior.

Sí, no digas nada más, dijo la mujer al operario, ¡Estos hombres parecen niños grandes!, están locos, locos.

viernes, 27 de agosto de 2021

570. Voces


 La perspectiva me gustó y me detuve a fotografiarla.

Justo a mi espalda, había una pareja sentada en un banco. Me llamó la atención el tono de él que al hablar era intolerante e impositivo y no callaba. No me volví, aunque me hubiera gustado para verle la cara.

¿Somos lo que decimos?, pensé. Creo que no solo la actitud, sino las palabras y el lenguaje que usamos nos moldea.

Otros árboles más cercanos a la pareja llamaron mi atención. Entonces hubo un silencio y me quedé mirando por la cámara.

¿Sabes?, le dijo pausadamente ella; eres como esa palmera más alta, siempre tienes que sobresalir, imponer tu criterio, llevar razón en todo y eso es imposible. Si bajaras el tono y observaras verías cómo crece y luce la más baja.

Y me fui sonriendo.  

jueves, 3 de junio de 2021

565. Vuelos

Esa noche soñó, pero qué digo, ¿sueñan los pájaros? No lo sé, pero me imagino que este en concreto al posarse en el muro y ver el vacío que había dejado el pino añoraba esos paseos y conquistas por sus ramas. 

Y, cómo no, esos vuelos por esa pequeña parcela tan libre que durante casi un año fue completamente suya.

En su último paseo algo llamó su atención al posarse en el alfeizar de la ventana del cobertizo y aprovechó para colarse dentro. Allí reinaba todavía la quietud.

Buscó a alguien, tan familiarizado estaba con los humanos que le hubiera encantado verlos trabajar y seguro habría intentado una conversación a su manera. Tan solo había un sombrero en un cuerpo inanimado, intentó posarse en él, pero algo llamó poderosamente su atención.

Un vuelo corto y allí estaba él pintado en sus mejores tiempos y casi posando en equilibrio como lo hacía desde las ramas del árbol enorme y frondoso. 

Al menos ella, su pintora, no lo había olvidado y desde lo más hondo de su pequeño cuerpo se lo agradecía. 

Feliz cumpleaños, cariño. Os extrañamos.

sábado, 15 de mayo de 2021

563. No te puedes aislar

Cuando ibas a la ciudad de pequeña te quedabas embobada ante el movimiento de coches y personas; era como un carrusel de feria, colores y olores al pasar por la puerta de algún restaurante o puesto callejero de chucherías. Estabas aprendiendo a leer y leías todos los letreros en voz alta y, mientras, te agarrabas fuerte de mi mano para no tropezar y caerte. ¡Y qué decir del tren! Lo que disfrutabas en el trayecto.

Ahora vives en la ciudad y apenas sales. Aunque ha pasado lo peor, no te puedes aislar.

Como no te vayas a una cabaña al campo... Y, aun así, tampoco. ¿Quién te dice que no pasará un pastor con su rebaño de ovejas? Deseoso de conversación te provocará y tú, que tampoco estás acostumbrada a estar callada porque no lo has sido nunca, claudicarás.

Te lo repetía durante el primer confinamiento y más severo; aquel en que cada vez que tenías que llenar la nevera te dabas una vuelta por la ciudad primero, y te quedabas anonadada. Las ciudades no se han hecho para estar vacías en sus calles y plazas, decías enfadada. Es peor que la guerra física esta sensación de soledad, te quejabas. Porque el silencio era tan grande que parecía que todos estuvieran muertos dentro de la propia vivienda, como si hubiera sucedido una catástrofe nuclear. 

¡Ni que tú hubieras pasado ninguna!, te contestaba riéndome para relajarte. 

Y buscaba ventajas: los pájaros vuelan libremente y cantan felices, el aire es más limpio...

Pronto todo esto pasará, te decías tu misma. Y es verdad.

domingo, 21 de marzo de 2021

558. Zapatos rotos

A medida que Paola avanzaba por el paseo se miraba las uñas de los pies pintadas en rojo burdeos que sobresalían de sus sandalias azules de tiras. Los dedos en perfecto orden de mayor a menor. Era verano y vestía una falda larga de seda vaporosa, ideal para el calzado plano que prefería durante el día. Así caminaba hacia el cumpleaños de una amiga. Se sentía esplendorosa. Una camiseta roja a juego con las flores de la falda que se bamboleaba a cada paso. El abanico que siempre la acompañaba colgaba de su cuello con una cinta roja también. Todo en ella bailaba con sus andares. Tropezó al subir un escalón y comenzó a andar raro. Se miró los pies y se asustó porque sus sandalias, como por arte de magia, se estaban deshaciendo. Caminaba y dejaba un rastro de goma negra deshecha, sus zapatos la estaban abandonando…

Se consoló pensando en que esa misma noche para la despedida de soltera de su hermana tenía preparados sus zapatos de japonesita, así los llamaba por el tacón de contorno suave y diferente. Negros. Con sólo una tira trenzada y cerrada en una hebilla; todos los dedos al descubierto, pero muy cómodos por la anchura de la tira. Para lucirlos mejor llevaría unos pantalones de seda con el bajo ancho y a media pierna. Arriba un top ajustado para lucir su piel morena. Estaba preparada para bailar cuanto quisiera.

Y así fue, bebió y bailó todo lo que pudo. Alguien en la pista de baile se cayó a su lado. Ayudó a la joven a levantarse y ésta le dijo al oído: se te está partiendo el zapato.

Ni siquiera el zapatero pudo hacer nada con ellos.

Texto inspirado en la frase del cuento Los zapatos rotos: “los zapatos no son ya para mí algo esencial” del libro Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg.

sábado, 2 de enero de 2021

553. De cuando algo bueno supone un problema

Ándate con cuidado. / Que no se entere nadie / de que lo pasas bien, / que tu vida funciona y eres feliz a ratos. Karmelo C. Iribarren

Magüi bebía el café a sorbitos, por el humo que desprendía la taza debía estar ardiendo. Se dedicaba a escuchar a las demás mujeres. Todas a una se quejaban de sus maridos jubilados. La mayoría de ellas, fuera también del mercado de trabajo, no sabían que hacer con su vida. Iban una a una dando sus opiniones.

-Se pasa el día metiéndose en todo.

-O dándole al mando de la tele. El sofá está más hundido desde que se jubiló.

-Se mira el ombligo más que nunca. Siempre preguntando qué voy a hacer de comer. Muy mal los hemos acostumbrado, chicas.

Siguieron dando razones diferentes, pero en lo que todas estaban de acuerdo era en la pérdida de libertad y en la dificultad de pasar todo el tiempo juntos.

Magüi las escuchaba, su marido estaba a punto de jubilarse y era una persona muy activa. Su rostro era de preocupación. Terminó su café, se recompuso y dijo para variar.

-Pues yo veo en todo esto la oportunidad de aprender algo, nunca es tarde.

Algunas se rieron. La más enfadada la recriminó de ingenua.

-Pues, hija de mi vida -dijo la que estaba a su lado mientras las demás cuchicheaban-, lo siento pero ellos aprender a estas alturas... Al revés, se meterá en todo lo que haces, te cambiará las cosas de sitio, vamos, que te sacara de quicio.

Las que parecía que no escuchaban, se volvieron rápidas hacia ella y asintieron con la cabeza mirándola casi con lástima. Sabían que no se la podía sacar de casa, todas sus aficiones estaban dentro de ella, siempre tenía alguna excusa hasta..., para no ir a nadar con lo que le gustaba.

Pasó el tiempo y un buen día la casualidad hizo que volvieran a encontrarse. Después de los saludos la pregunta no se hizo esperar, sobre todo, después de observar que la Magüi casera y algo descuidada con su aspecto había cambiado radicalmente. Más delgada y esbelta. Hasta las arrugas de preocupación de su cara habían desaparecido. Sus antiguas “amigas” se miraban sin comprender el cambio.

¿Murió tu marido? -preguntaron todas a una.

¡¿Qué decís?! ¿No habéis oído hablar de él? Se dedicó a la escultura y ahora tiene toda la casa ocupada con sus proyectos, tuve que cambiar mi aspecto porque yo soy su modelo preferida. Y ¡lo que no creeréis! Soy su representante y continuamente tengo que salir de casa para contactar con los galeristas. ¿Qué os parece?

No tuvo respuesta, tan sólo miradas y silencio.

viernes, 4 de septiembre de 2020

544. Ruidos

Hay un sector de la población que con la caída de la construcción lo notó más que otros, pero aún así casi siempre tienen trabajo que hacer, especialmente si son buenos, como en todo.
¿Habéis tenido algún verano que soportar obras en el vecindario? Yo todos, tanto en el piso como si venía al pueblo a casa de mis padres.
Seguro pensáis o habréis pensado “al pueblo, te vas al pueblo, ¡qué bien! ¡Que descanso!” Y una M mayúscula porque de eso nada. Sobre todo si son tus vacaciones y tu deseo de levantarte tarde o echarte una siesta después de una comida gustosa.
¡OBRAS! Es verano y toca soportar todo los procesos desde la demolición, el martillo percutor que te atraviesa los sentidos, la hormigonera etc.
Pero dentro de lo malo como me gusta escuchar, no deja de sorprenderme el lenguaje del gremio; no será en todos sitios igual supongo, pero aquí en mi sur... No es sólo que no pronuncien bien, es el tono, la rapidez al hablar, las voces al que está lejos, es en fin, una jerga especial y curiosa que me hace gracia y no deja de sorprenderme.
Así pensaba mientras volvía a la ciudad contenta por dejar atrás las obras del pueblo, pero…
Habían vendido el piso de arriba del mío y parecía que los nuevos inquilinos, a juzgar por el ruido, lo estaban construyendo de nuevo.