sábado, 2 de enero de 2021

553. De cuando algo bueno supone un problema

Ándate con cuidado. / Que no se entere nadie / de que lo pasas bien, / que tu vida funciona y eres feliz a ratos. Karmelo C. Iribarren

Magüi bebía el café a sorbitos, por el humo que desprendía la taza debía estar ardiendo. Se dedicaba a escuchar a las demás mujeres. Todas a una se quejaban de sus maridos jubilados. La mayoría de ellas, fuera también del mercado de trabajo, no sabían que hacer con su vida. Iban una a una dando sus opiniones.

-Se pasa el día metiéndose en todo.

-O dándole al mando de la tele. El sofá está más hundido desde que se jubiló.

-Se mira el ombligo más que nunca. Siempre preguntando qué voy a hacer de comer. Muy mal los hemos acostumbrado, chicas.

Siguieron dando razones diferentes, pero en lo que todas estaban de acuerdo era en la pérdida de libertad y en la dificultad de pasar todo el tiempo juntos.

Magüi las escuchaba, su marido estaba a punto de jubilarse y era una persona muy activa. Su rostro era de preocupación. Terminó su café, se recompuso y dijo para variar.

-Pues yo veo en todo esto la oportunidad de aprender algo, nunca es tarde.

Algunas se rieron. La más enfadada la recriminó de ingenua.

-Pues, hija de mi vida -dijo la que estaba a su lado mientras las demás cuchicheaban-, lo siento pero ellos aprender a estas alturas... Al revés, se meterá en todo lo que haces, te cambiará las cosas de sitio, vamos, que te sacara de quicio.

Las que parecía que no escuchaban, se volvieron rápidas hacia ella y asintieron con la cabeza mirándola casi con lástima. Sabían que no se la podía sacar de casa, todas sus aficiones estaban dentro de ella, siempre tenía alguna excusa hasta..., para no ir a nadar con lo que le gustaba.

Pasó el tiempo y un buen día la casualidad hizo que volvieran a encontrarse. Después de los saludos la pregunta no se hizo esperar, sobre todo, después de observar que la Magüi casera y algo descuidada con su aspecto había cambiado radicalmente. Más delgada y esbelta. Hasta las arrugas de preocupación de su cara habían desaparecido. Sus antiguas “amigas” se miraban sin comprender el cambio.

¿Murió tu marido? -preguntaron todas a una.

¡¿Qué decís?! ¿No habéis oído hablar de él? Se dedicó a la escultura y ahora tiene toda la casa ocupada con sus proyectos, tuve que cambiar mi aspecto porque yo soy su modelo preferida. Y ¡lo que no creeréis! Soy su representante y continuamente tengo que salir de casa para contactar con los galeristas. ¿Qué os parece?

No tuvo respuesta, tan sólo miradas y silencio.

2 comentarios:

Tracy dijo...

Qué bueb relato. Te felicito.
Y la frase inicial no la conocía me la quedo.

Luna dijo...

Conocí a una mujer que obligaba a su marido a levantarse a la misma hora y que se fuera a la calle como durante su vida laboral.

Es duro...
Tu final es estupendo. Me gusta
Besos