Una era nuestra
vecina. Una mujer mayor vestida de negro con faldas largas y la nariz
como si se la hubieran afilado con un cuchillo poco a poco. Era lo
que asomaba primero por la rendija de su puerta cuando escuchaba
abrir la nuestra. A veces, simulaba que barría el rellano porque
sabía la hora en que yo salía para ir al colegio, y al verla corría
escalera abajo sin esperar el ascensor. Creía que si me quedaba a
saludarla como me decía mi madre, me subiría a la escoba y seguro
que, por su forma de mirarme, me tiraría de lo más alto de la
azotea.
La otra era mi
profesora. Era mayor, pelo blanco bien peinado a ondas, bien
arreglada y muy estirada ella, sobre todo, al hablarnos. Con dos
manías que yo conociera: una a la vista, en vez de echarse en la
cara una crema hidratante y normalita, se ponía aceite y cuando te
besaba… uf, no quiero ni recordarlo. En mi primer día de cole me
estampó un beso en la cara y me sentó de golpe en la primera banca,
dos cosas que no me gustaron.
El orden era la
segunda manía. Una vez estaba tan enfadada porque no encontraba
algo, que dijo a voz en grito: ¿A quién se le ha ocurrido abrirme
los cojones? Por los cajones, claro. Fue horrible tenerla tan cerca
y, más tarde, un disfrute que me cambiaran de colegio.
Ahora no las
llamaría brujas, calificativo como otros que nos han inculcado a
través de generaciones por, incluso, muchas madres influenciadas.
Ese calificativo y sus representaciones vino muy bien desde los
siglos XVI y XVII para quemar en la hoguera a muchas mujeres que
estorbaban, como dice Silvia Federici en su ensayo “Caliban y la
bruja”. Según Federici, “La caza de brujas sirvió para
perseguir a una serie de creencias y prácticas populares. Fue un
arma para derrotar la resistencia a la reestructuración social y
económica”, una historia que la autora conecta con nuestro
presente en distintas partes del planeta.


















