jueves, 8 de octubre de 2009

100. Rostros en el suelo y en el cielo

Laura siempre había visto caras en las baldosas del suelo del cuarto de baño. A medida que crecía, los rostros iban siendo más nítidos. Su madre protestaba porque pasaba en el cuarto de baño más tiempo de lo normal. Era algo que no podía evitar. Esos rostros eran su brújula; según estuvieran alegres o tristes, sabía cómo le iría el día. Si aparecían alegres tenían para Laura otro atractivo: dibujarlos y enseñárselos a su abuela, a la que le encantaba hacer de ellos versitos humorísticos que recitaban a dúo riendo. Entre las dos componían, a modo de caricatura, un variado abanico de personas con su pequeña historia, que quedaban reflejadas en un bloc, al que llamaban “cuaderno de caras”.

A María, su hermana pequeña, le ocurría algo parecido con las piedras que recogía. Le gustaba hacer figuras con ella. Una vez construidas, pedía a Laura su ayuda para colocarlas en el huerto que había detrás de la casa.

-Venga Lauri, ayúdame con estas que pesan mucho y cuéntame otra historia de dinosaurios, -le pedía María en esa hora bruja para ellas-. Y luego me recitas un verso de esos que tú haces con abuela -insistía.

-Hoy te contaré una historia real. En la época que existieron esos animales enormes, toda esta casa y parte del pueblo, estaba cubierta por el mar.

-¡No, no es verdad! Si hace tanto tiempo tú no lo puedes saber.

-Claro que lo sé; mira la piedra que llevas en la mano, es de arena. Con el tiempo, los granos se han pegado unos con otros. Y esa que es tan grande, la que está debajo del limonero ¿qué parece?

-¿Una almeja? –Contestó María con los ojos muy abiertos.

-Es un mejillón gigante. Ven, pasa los dedos por ella. ¿Notas la cantidad de bordes que tiene a lo largo de la concha? Un día te llevaré al río y te enseñaré las huellas de los dinosaurios que hay en las enormes piedras de la orilla. Pero espera..., creo que mamá me llama. Voy a ver.

-Laura, -le dijo su madre- tu abuela no está bien. Entra y quédate a su lado que voy a buscar al médico.

Dejó a su hermana jugando, entró en la casa y se asomó a la alcoba de su abuela que, tumbada boca arriba, parecía que la miraba con los ojos entreabiertos. Hacía mucho calor y estaba sudando de cargar con las piedras. Fue un momento al cuarto de baño para refrescarse. Mientras se secaba miró las baldosas y una de ellas le llamó la atención; se agachó y vio que no era un rostro normal, sino más bien uno cadavérico. Sobre la nariz, una cigarra enorme lo estaba devorando.

Asustada, se puso en pie de un salto. En ese instante entró una mariposa por la ventana y le rozó la cara. Quiso atraparla, pero se le escapó. Salió corriendo hacia alcoba de su abuela. Sus ojos miraban fijamente el techo y su boca, escondida por la vejez entre la nariz y la barbilla, permanecía abierta formando un círculo como queriendo absorber todo el aire de la habitación. La llamó inclinándose hacia ella.

-Abuela..., ¡abuela!

Su abuela no se movía. Sin saber qué hacer dio varias vueltas alrededor de la cama. No quería llamar a su hermana para no asustarla. Se asomó a la ventana para ver si venía su madre pero todo estaba desierto. El silencio del pueblo en esa hora de calima pesaba como algo sólido. Un silencio sólo interrumpido por la débil respiración de su abuela a quien tanto quería.

Entonces pensó que... quizás se estaba muriendo. No quería llorar. Recordó que su madre decía que el oído es lo último que se pierde.

¿Qué podía hacer que a ella le gustara?. Sin estar segura, pero presintiendo su final quiso darle su último consuelo y compartir, quizás por última vez, su “cuaderno de caras”. Buscó una hoja en blanco y de sus nerviosas manos escaparon las palabras que el sentimiento le iba dictando. Cuando terminó de escribir, se sentó en la cama, le cogió la mano y con voz temblorosa le recitó al oído:

Tus labios, remanso de paz entre dos altas cumbres
tus labios, caricia suave, rosa en flor
tus labios, paz en movimiento, sonrisa infinita
tu beso, aleteo de mariposa sobre mi mejilla volando lejos...

Su abuela seguía mirándola fijamente, pero ahora estaba relajada y sonreía. Puso el cuaderno entre sus huesudas manos y salió de la habitación. Su madre la encontró en el cuarto de baño. Miraba desconcertada el suelo. Las caras habían desaparecido.

Laura, ahora, las busca en las nubes.

“La buhardilla de papel” Libro de relatos VV. AA.

Taller de Creación Literaria Buhaira

Isabel Mallén – Colección Caleidoscopio

10 comentarios:

Lola dijo...

Pasé años en que miraba al cielo, y en la forma de las nubes, veía la cara de mi papá. (Se fué con 39 años. Me dejó con 3 añitos. No hay derecho).
He revivido la muerte de abuela, puesto que estuve presente en su último instante de vida. Le puso mi madre el espejito en la nariz haber si lo empañaba, y así fué como se esfumaron 82 años de una vida tan intensa y a la que aún recuerdan varias generaciones.
Vaya éste homenaje a "la Maestra Dolores", nuestra queridísima abuela.
Un super beso.

Paloma dijo...

Los buenos escritos son los que fluyen... y fluyendo llegan al corazón bien directos, se te agarran y ya no lo puedes olvidar.
Gracias tita por hacernos viajar desde una pantalla fría de ordenador.
Tus escritos, tan sensibles, me emocionan siempre.
Y bueno, los comentarios de mi madre, pues claro, me hacen terminar de llorar como una magdalena...
Muchos besos desde el norte.

June dijo...

Me ha gustado , Isabel.
U gran beso.

Miguel Baquero dijo...

Un texto muy emotivo. Muy bien escrito. Enhorabuena.

Isabel dijo...

Lola y Paloma me habéis dejado blandita, blandita.

Os quiero.
ABRAZOS

June, me alegro, otro beso grande.

Miguel, gracias por tus palabras.
Besos

Bárbara dijo...

Qué tierno, Isabel, golpeas fuerte pero con cariño. Se echa de menos ese tiempo en que el mundo estaba poblado de amigos imaginarios.
No tiene nada que ver pero el otro día iba en el autobús y una niña le preguntó a su madre: mamá, cuando la abuela era joven, ¿vivían los dinosaurios? y todos los de alrededor sonreímos...

Anónimo dijo...

Oh, querida Isabel, releo este cuento que ya conocía, con mucho gusto. Veo una casa de pueblo, claro, un huerto enmarañado detrás,y olor a yerbabuena. No sé por qué lo veo así.
Me ha hecho disfrutar. Besos de Uva.

emege-e dijo...

Amiga Isabel: Primeramente quiero FELICITARTE por este primer centenar de post que, puntada a puntada, has ido tejiendo en este telar llamado blogs. He leído uno tras otros, he emitido mi opinión sobre ellos y, tú has sabido aceptar con la tolerancia que te caracteriza.Unos me han hecho sonreir y otros me han emocionado.
Este cuento, lo recuerdo perfectamente, me gustó tanto que te lo "trastoqué" entero ¿te acuerdas...? Un fuerte abrazo, y..."pa lante"

India Ning dijo...

Hola! No sé si te acordarás de mí, hace mucho tiempo que nos comentábamos. Tengo que contarte algo, pero no veo tu mail... por favor ponte en contacto conmigo.

indianing@gmail.com

Gracias.

Isabel dijo...

Siento el retraso en contestar:

Bárbara, me encanta esa pregunta de la niña y lo bueno es que no andan muy descaminadas.
GRACIAS Y BESOS

Siento decirte Uva, que la yerbabuena se ha secado, en lo de enmarañado llevas toda la razón, quizás eso hace que evoque cosas.
Te devuelvo los besos.

emege, este cuento especial para mí quise que marcara el camino recorrido. Me alegro te recuerde buenos momentos. Besos

India Ning, no tengo buena memoria, pero si tu lo dices...
Bienvenida y tomo nota.