Ocurrió hace ya muchas navidades y en estas pasadas ha vuelto a ocurrir.
Al visitar de nuevo el pueblo y a mi amiga de la infancia, Marina, le pregunté al saludarnos si su marido, aficionado a la repostería, había hecho ya los pestiños.
Cuando cada diciembre el padre de mi amiga sacaba la receta de los pestiños andaluces con esa letra suya tan perfecta, al hacerlos, nuestra calle se inundaba de un perfume muy especial. Recuerdo los primeros pasos, primero: freía en aceite de oliva las especias y la cáscara de naranja seca, eso sí, de su huerto; preparaba también un zumo de naranja y, sobre la harina amontonada en la mesa hacía un hueco en el centro; poco a poco iba echando el aceite, donde antes había frito las especias, ya colado y el zumo.
El juego de sus manos al amasar me extasiaba. Mi amiga me llamaba y su padre nos daba masa para jugar. Su madre era la encargada de freírlos y rebozarlos en miel. Es pensar en ellos y me viene su sabor.
Mi amiga frunció el ceño y dijo:
-Te pondré un café y no esperes pestiños; ha ocurrido igual, pero el resultado ha sido el contrario.
-¿El contrario, cómo? No recordaba bien aquella otra navidad.
La seguí hasta la cocina y me contó un chiste, ella lo adornaba todo así.
-Un chico pide trabajo en la construcción y el encargado le indica que prepare el mortero que se hace con cemento, arena y agua, ¿no? Supongo, asentí mientras daba un sorbo a su buen café. Me pone un dulce en el plato y continua.
Pues el chico va echando y alternando materiales, pero aquello no liga y como en un un estribillo va cantando “que se cree el cemento que no hay agua”.
El encargado, que le observaba hacía rato, se acerca y le dice: ¡qué te crees tú que vas a volver mañana!
¡Pues eso mismo!, dijo Marina con énfasis. Te acordarás también que era una discusión porque Carlos, mi marido repostero (esto lo dijo con ironía), en vez de seguir la receta, siempre improvisaba intentando recordar cómo los hacía su madre…
-Sí, la interrumpí, lo que no recuerdo es que pasó entonces con la masa.
-Pues que él dejó a un lado recetas de memoria y escritas y comenzó a amasar. Todo eran ojos alrededor. Cansados nos fuimos a echar una siesta y al levantarnos sorpresa: ¡la masa era como un barco nadando en aceite! ¡Y no estaba barato, que era del bueno!
En adelante los comprábamos, menos este año que como nos íbamos a encontrar de nuevo quería sorprenderos, pero no encontraba la receta, le dije que mirara en Internet y nada.
-Y ¿qué ha pasado esta vez? Cuenta ya, insistí, y al hablar espolvoree el clásico polvorón.
-Esta navidad no quería ojos a su alrededor, así que dejamos al artista a su aire, pero la masa se rebeló de nuevo. Se quedó tan seca después de reposar que bien hubiera servido para untar ladrillos en albañilería.
¡Menos mal que mi amiga se desahogó y calmó con unas risas! Nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo y yo a hacer fotos de tréboles.
Sí, ya sé que es más difícil que encontrar la aguja en el pajar. Nunca he creído en la suerte, menos ahora, porque veo la actualidad tan mal que la vamos a necesitar.

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