¿Habéis tenido
algún verano que soportar obras en el vecindario? Yo todos, tanto en
el piso como si venía al pueblo a casa de mis padres.
Seguro pensáis o
habréis pensado “al pueblo, te vas al pueblo, ¡qué bien! ¡Que
descanso!” Y una M mayúscula porque de eso nada. Sobre todo si son
tus vacaciones y tu deseo de levantarte tarde o echarte una siesta
después de una comida gustosa.
¡OBRAS! Es verano y
toca soportar todo los procesos desde la demolición, el martillo
percutor que te atraviesa los sentidos, la hormigonera etc.
Pero dentro de lo
malo como me gusta escuchar, no deja de sorprenderme el lenguaje del
gremio; no será en todos sitios igual supongo, pero aquí en mi
sur... No es sólo que no pronuncien bien, es el tono, la rapidez al
hablar, las voces al que está lejos, es en fin, una jerga especial y
curiosa que me hace gracia y no deja de sorprenderme.
Así pensaba
mientras volvía a la ciudad contenta por dejar atrás las obras del
pueblo, pero…
Habían vendido el
piso de arriba del mío y parecía que los nuevos inquilinos, a
juzgar por el ruido, lo estaban construyendo de nuevo.















