¿Metáfora?
¿Actualidad?
¿Arte contemporáneo?
El hilo que conduce al costurero te llevará al lunes 10 de Septiembre de 2007.
Para el expediente
Las nubes y las estrellas no libraron esta guerra
los arroyos no informaron a nadie
si las montañas arrojaron piedras de fuego al río
fue sin tomar partido
la gota de agua que se balanceaba levemente bajo la hoja
no tenía opinión política
Reparto de tareas
Las mujeres en las filas traseras de la política
todavía lamen hilo para pasarlo por el ojo
de la aguja, truecan huesos por plástico, rajan vainas
para venderlas como collares en los cruceros
hacen inmaculados vestidos de Primera Comunión
con planchas y vacilante agua caliente
todavía ajustan los microscópicos hilos dorados
en los chips de silicio
todavía dan clase, vigilan a los niños
desaparecidos en las callejuelas de fuego cruzado...
Entre los poetas míos… Adrienne Rich
Cuadernos de poesía crítica n.º 10
A Sabrina le gustaba conducir su coche rojo por esta carretera a la vuelta de su trabajo. Escogía este tramo, sobre todo, en los cambios de estaciones porque la hilera de árboles que quedaba a su izquierda le parecía hipnótica. Le encantaba verlos mudar de un verde frondoso a unas venas esqueléticas y enrevesadas.
La última tarde que pasó por allí el paisaje lucía en casi toda su desnudez y transparencia. Sin embargo no fue eso lo que recordará siempre. Al girar en la primera curva a la izquierda un coche negro se le venía encima y al verlo se quedó paralizada.
Afortunadamente ni a ella ni a su coche rojo le pasó nada. Un coche que la seguía pulsó la bocina del suyo con tanta insistencia que el coche negro frenó en seco. Cuando Sabrina se repuso y volvió la cabeza la persona que la había salvado ya no estaba.
Ella nunca supo que era un compañero de trabajo enamorado de ella que, sabiendo lo despistada que era, la seguía cada día hasta ese cruce sin que ella lo advirtiera.
No os lo toméis al pie de la letra, pero sí, a veces me llaman raro porque soy diferente. Soy muy independiente. Por ejemplo, no me gusta cuando en uno de mis paseos oigo gritar a los pescadores desde sus embarcaciones:
-Lanzad la red que viene un banco de peces.
Ni en plural quiero yo que me llamen banco, entonces, me muevo rápido, planeo y me escapo. A veces me llaman “raro”. Me gusta ir por libre y no soporto que impidan mi libertad. Cuando me acerco a la orilla de noche y me asomo para buscar las constelaciones, veo con mis ojos planos la intención en algún paseante de cogerme con sus manos; me quedo quieto, veo su sonrisa y justo ahí me zafo.
Entonces quien se ríe soy yo porque se quedan mirando el agua y ya no estoy en ella porque soy un pez volador. De quien más huyo es de los japoneses, que persiguen sobre todo mis huevas para el famoso sushi y es que el humano es el mayor de los depredadores.
Quiero comenzar el año con un poema de esta poetisa japonesa que dice a su edad:
Una cosa que he observado al escribir poemas es que la vida no es solo triste y dura.
No te desalientes
Escucha…
no suspires diciéndote
que eres infeliz.
Ni el sol ni la suave brisa
muestran favoritismos.
Puedes soñar
con imparcialidad, ¿sabes?
Mírame,
aunque haya sufrido penalidades,
me alegro de vivir.
Tampoco tú te desalientes. A Gracia.
Muchas gracias, Eli, por este libro que es una joyita.
Os deseo salud, salud, salud y feliz 2022.
El reloj marca el tiempo, pero no la felicidad.
Sean felices, saboreen la vida, y a cuidarse y abrigarse.
La puerta
¿Acaso no es prisión
una puerta
que sólo pueda abrirse
desde fuera?
salir y entrar, dejarla abierta:
Dulce Chacón, de “Querrán ponerle nombre” (1992)
Las personas no tenemos que caernos bien a la fuerza. A Oscar no le caía bien su vecino Ernesto que era más joven que él; un chico serio, oscuro y algo encorvado, como metido hacia dentro. Una vez que tomaba contacto con alguien y hablaba un poco hasta podía sonreír, pero su expresión no era de felicidad.
Estaba casado y tenía cuatro niños muy malos y traviesos para su padre, como él decía, pero encantadores para el vecindario. A Ernesto su malestar le salía a flote cuando les reñía y esto sucedía a menudo. Para conversar elegía a sus perros que se pasaban el día ladrando. Esto era de lo más pesado para Oscar que era escritor y le gustaba escribir en la parte posterior de la casa al aire libre. Entre los perros del vecino y el canto de las palomas turcas, pesadas como no había otras, el pobre hombre no podía concentrarse, incluso, si entraba dentro de la casa.
Con los perros no podía hacer nada, pero ¡ay las palomas! Para ellas se construyó un tirachinas como los antiguos, aunque las gomas, “no eran como las de antes” decía él. Con toda paciencia las cambiaba cuando se rompían. Buscaba garbanzos secos o piedrecitas pequeñas y a la caída de la tarde, antes de tenderse a leer en la hamaca, comenzaba la caza de las palomas que se posaban en su lugar preferido: la antena de la televisión.
Antes de los garbanzos puso en práctica otro método que creía infalible: ataba una cuerda a la parte de la antena donde se posaban y tiraba de ella para asustarlas, por tanto, que quede constancia de que asesino no era el hombre. No funcionó y fue cuando pasó al tirachinas.
Pero el tirachinas… Su mujer, con todo acierto, se lo escondía cuando los niños del vecino jugaban porque recordaba que en su infancia hubo más de uno ciego por jugar con este instrumento peligroso. Desde la cocina le gritaba: -¡Todo este asunto está rayando en lo patológico, estás loco!
Ser la mujer de un escritor no era cosa de gusto. A ella le encantaba viajar, pero cada verano alquilaban la misma casa en una urbanización de la sierra; había muchos senderos por donde pasear, y Oscar aprovechaba para hablarle de argumentos, tramas etc. Y sucedió, que en uno de esos paseos mientras hablaba con su mujer tranquilamente, pasó un ciclista por su lado acompañado de varios perros. Uno pequeño y juguetón se le enredó a Oscar entre las piernas y lo tiró al suelo. La mujer asustada le echó la bronca al ciclista que resultó ser Ernesto, su vecino. Ese mismo día hicieron las maletas, pero antes de irse Oscar lanzó los garbanzos que le quedaban con el tirachinas a boleo por si tenía la fortuna de darle a “algo”.
-Pero..., qué coño me ha pasado por la cabeza.
Esto lo dijo un joven vestido de operario con un mono azul perteneciente a la empresa “Masfrío”, que acababa de arreglar una fuga de gas del compresor de la unidad exterior del aire acondicionado situada en la azotea de Enrique. Estaba en cuclillas, guardando las herramientas en su caja y con la mano derecha contestando otra llamada de otro cliente; ese verano las temperaturas habían alcanzado los 43º a la sombra, y, lo que le golpeó, le tiró el móvil la suelo.
Y allí estaba junto al móvil la paloma tendida boca arriba, quieta, sin voz ni arrullo, ni canto repetitivo.
Bajó a la casa rápido, y, mientras la mujer de Enrique le pagaba, no dejaba de protestar señalando al vecino. Mientras, su marido sin prisas metía a los perros y a sus hijos dentro del patio interior.
Sí, no digas nada más, dijo la mujer al operario, ¡Estos hombres parecen niños grandes!, están locos, locos.
Alicia escuchaba el repiqueteo del agua en el patio acurrucada en la cama. Otoño, lloviendo y con una hora más de sueño para alargar la mañana del domingo, pensó. No sucedía igual cada primavera cuando en vez de retrasar la hora la adelantaban. Al acordarse de lo mal que lo pasaba bostezó. Se levantó a beber agua y, como hacía siempre, buscó la luna a través de la cristalera que daba al pequeño huerto. Debería estar en cuarto menguante. Las nubes le impedían divisarla, pero al refregarse los ojos creyó verla llena y alegre como ella.
¿Quién lo desemborregará?
El desemborregador
que lo desemborregue,
buen desemborregador será.
Tan concentrada estabas que al pasar delante del espejo, ni siquiera viste tu imagen reflejada.