Marina roba, no por vicio, sino por
necesidad. Hambre, y no sólo física. Hambre de saber, pero de esa
no se habla nunca.
Ese día la despertó la manifestación,
levantó los cartones del sitio donde dormía cada noche y escuchó
lo que decían: “la cultura debe ser libre, ha de llegar a todos, educar, educar, en vez de tanto robar”. Se sintió aludida y se
recogió en su improvisado y caótico catre. Una joven se acercó y
vio cómo escondía un portátil pequeño debajo de unos libros
viejos.
-¿Funciona?
Marina se encogió de hombros.
-Dame, te voy a enseñar.
En los días siguientes compartieron
conocimientos y experiencias en un banco del parque. La joven
asombrada por cómo memorizaba sus explicaciones, le fue mostrando
algo desconocido para ella: una ventanita donde aprender y mirar el
mundo de otro modo. ¡El real se había vuelto tan incomprensible!
Marina, desde entonces y gracias a la joven
desinteresada, se dedica al final del día a leer sin tener que cargar con sus viejos libros, algunos aprendidos
de memoria, de un lado a otro. Mientras lo hace, no deja de observar
el ojo minúsculo de la cámara de esa “cosa”, no tan extraña
ahora para ella, encontrada un buen día en la basura.
Quien pasa a
su lado a la caída de la tarde la cree loca al verla hablando sola:
-¿me verá? ¿sentirá el arañazo de la línea al señalarla? -comenta en voz alta mientras copia lo que le gusta.








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