Días
¿Para qué sirven los días?
Los días son el lugar donde vivimos.
Llegan y nos despiertan,
una y otra vez.
Existen para que nos alegremos:
¿dónde vivir, sino en los días?
Philip Larkin “Días”, de Las bodas de pentecostés
El hilo que conduce al costurero te llevará al lunes 10 de Septiembre de 2007.
Días
¿Para qué sirven los días?
Los días son el lugar donde vivimos.
Llegan y nos despiertan,
una y otra vez.
Existen para que nos alegremos:
¿dónde vivir, sino en los días?
Philip Larkin “Días”, de Las bodas de pentecostés
Aquel verano se alargaba demasiado, pero de pronto llegaron las lluvias. En un adosado todo se oye. Un vecino protestaba porque la piscina le estaba rebozando. La vecina del otro lado porque tenía albañiles en el patio y la azotea y no podían acabar las obras. Fueron tormentas localizadas que no duraron mucho, pero torrenciales, tanto que, desde mi cocina y en silencio escuchaba el tintineo de las goteras de su techo en las palanganas. A veces, según la intensidad, parecía un concierto acuático.
Estos adosados tienen detrás un espacio que cada vecino emplea como quiere. Yo tiendo una hamaca entre dos postes de hierro y leo tan a gusto. Pero ese día no podía porque una conversación de mi vecina, con alguien que parecía una amiga, me lo impedía. Hablaban de los albañiles cuando ellos, en su ir y venir vaciando escombros, estaban en la azotea.
-Míralos, decía mi vecina ¿te parecen hermanos? Ay, hija, ¡un poquito de imaginación, por favor! Tú misma dices siempre que tus hijos también son distintos.
-Sí, la noche y el día. ¿Y qué me quieres decir con eso?
-Te cuento: El más bajo es achaparrado hasta en los andares; le gusta cantar y se crece si lo miran, seguro que se cree el amo del mundo. El otro día, cuando miraba los dibujos de su cuerpo, pensé que era un hombre hecho para el verano, porque tenía de cintura para arriba un tatuaje tan variado que parecía una camiseta de colores. -Oye, que te estás durmiendo y no es la hora de la siesta.
-Perdona, pero será la cerveza que me has puesto, sigue, por favor.
-El más alto, es su hermano mayor. Ese lo tiene todo, seguro será el preferido de su madre porque es responsable y trabaja fino hasta en los detalles. Como este: mira como me ha puesto estos azulejos. Chist, ahí llega, ¿ves? -Hola, dijo más alto y volvió a su cuchicheo.
Me acerqué a la pared que nos separaba para escuchar mejor.
-Siempre saluda, pero no abandona su trabajo. Observa sus andares ¿tu has visto alguna vez un albañil que hasta su porte sea elegante? Es serio, formal y su mirada es limpia, tanto como su sonrisa…
-Para, ¡hija, no te embales!, que estás cogiendo un camino… A mí lo que me ha llamado siempre la atención de los albañiles es su forma de hablar entre ellos, no hay quien los entienda.
-¡Ah, no! Este, el más alto, habla hasta claro y no me mires así. ¿No decías cuando entraste que parece que llevo días encerrada con un solo juguete? Ahí lo tienes, solo observo lo que veo y me parece más sugerente que mirar la tierra que van dejando y las telarañas que se están acumulando.
-Niña, tú estás majara perdida. Me voy, que se me hace tarde.
Y entraron en la casa. Y me dejaron sin final para mi cuento…
De vez en cuando, después de estar leyendo libros intensos por la temática, necesito algo más ligero en la forma y en el fondo, aunque la ligereza no significa que no diga nada. Debajo de las palabras se puede esconder la ironía, la denuncia y un humor muy peculiar. Todo eso se mezcla en este libro que sorprende por la libertad, la ausencia de normas en los diálogos y su naturalidad.
Me gustó al verlo en la librería: el título, la portada de Paul Klee, que dice mucho de lo que hay en el interior, y la sinopsis, de la cual copio el primer párrafo.
“Todos los jueves, tres amigos se reúnen en un bar. Uno es director de cine y parece difuminar constantemente el límite que separa lo real de lo imaginario. Otro es novelista, aspira a la máxima libertad posible en la escritura y en la vida y tiene tantas caligrafías como amigas. El tercero trabaja en un ministerio y siente que no sabe casi nada de su esposa ni de su hijo”.
Estos amigos hablan de sus cosas que, como hacemos nosotras, se entremezclan por la necesidad de poner en común la vida de cada uno. En el libro estas conversaciones están ordenadas en treinta y seis temas, que el narrador concluye o entrelaza con los puntos de vista de cada personaje.
Porque ante el horror y las preguntas que nos hacemos, él siempre tiene respuestas.
…resulta mucho más fácil educar a los pueblos para la guerra que para la paz. Para educar en el espíritu bélico basta con apelar a los más bajos instintos. Educar para la paz implica enseñar a reconocer al otro, a escuchar sus argumentos, a entender sus limitaciones, a negociar con él, a llegar a acuerdos. Esa dificultad explica que los pacifistas nunca cuenten con la fuerza suficiente para ganar... las guerras.
José Saramago
De la entrevista:
https://ctxt.es/es/20231001/Politica/44391/Javier-Ortiz-Jose-Saramago-Israel-apartheid-Palestina-Gaza-nazismo-segregacion.htm
ESCRIBIR
No hay ninguna
pretensión
en este intento,
si antes era así,
ahora
viene y queda
el gesto
igual a
cuando niña
dibujaba
por placer
y no dormía
hasta pintar
lo que pensaba
y era un mundo
que se hizo
con los años
garabato,
torcedura.
Yolanda Pantin "Lo que hace el tiempo"
Ya huele a otoño. No por la lluvia que ha caído en algunos sitios de la Vega del Guadalquivir, sino porque la tierra estaba tan sedienta, que ella contenta, nos devuelve ese olor cada vez más gratificante.
Aquí ha llovido como nos dice Pessoa al principio de su poema a la lluvia:
Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El otoño, que llegará este fin de semana, también me huele a poemas, quizás porque la poesía me lleva a regiones tranquilas.
Yo no sé escribir poemas, me pasa como cuando miro una pintura que solo me hace sentir cosas.
En uno de esos sentires escribí un poema a mis hijos porque la ignorancia sigue siendo atrevida.
Hoy no hay foto, la pondré cuando llueva a cántaros.
Frágil
La luz que cae sobre algo
para exaltar ese algo
que recibe la luz
y era nada, o poca cosa,
en la sombra, es un poema
y en segundos deja de serlo.
Yolanda Pantin, “Lo que hace el tiempo”
Todo con mayúscula.
En el sur y en la llanura del interior no se ha podido tomar sin riesgo de quemarnos.
Pero ahí están ellas, las libélulas.
Ni porque me acerque a tender la ropa se van, me acompañan y puedo apreciar su belleza.
Les encanta subirse a la horqueta que formamos con varias cañas secas para elevar el cordel.
Más: https://es.wikipedia.org/wiki/Anisoptera
Una mano y en ella tu anillo.
Manos pequeñas…, y recuerdas.
“Ven, súbete a la silla”, te pedía siempre que volvías de la
calle sudando y sofocada de jugar.
“Primero el jabón” (el verde que aún se encuentra en
alguna que otra tienda de pueblo), y tú lava que te lavas esas
pequeñas manos debajo del chorro de agua del fregadero.
“Ahora los pulsos” y te cruzaba los puños para que el agua
los cubriera y refrescara.
Aún lo haces, pero ahora cuidas ese oro líquido que es el agua.
Una mirada. Un gesto. Una palabra suelta. Una frase que sale volando sin poder retenerla y ahí estás tú, guisando, pero no como siempre. Hoy es un día especial. En la habitación hay un cuerpo rodeado por cuatro cirios, el de un hombre mayor. Vendrán familiares, amigos y tú te imaginas un entierro como el de las películas donde todos comen algo para reponerse. Y habrá gestos de todos los colores y conversaciones también.
Al darle la vuelta a los trozos de pollo para que se doren escuchas a una hija que ha venido para echarte una mano. Está desayunando en la cocina, casi a tu lado. Entre bocado y bocado susurra una y otra vez “menos mal que ella me cuidó”. Sonríe y al notar tu asombro te dice: “está bien que se vayan los que nos hacen daño”.
Y tú comprendes el porqué ese hombre tan feo y tan muerto te daba tanto miedo.
Y te alegras, también, por fin va apareciendo la claridad que deja atrás años de negrura.
Imagina. Pisas y suena una música elegida por ti. O te sientas de noche para asistir a un concierto en el jardín de un Palacio de Sevilla. Contemplas y escuchas un recorrido por todas las músicas del mundo; incluidas hasta canciones del lugar donde has vivido y que te han acompañado en tu niñez, como las que tu madre o padre cantaban durante las faenas. Es todo un espectáculo de imágenes y sonidos de remezcla musical que se van desplegando en la gran pantalla de un escenario para, en el mapa del mundo extendido, poder comprobar de dónde vienen esas músicas tan diversas.
Es el proyecto que crearon Rubén Alonso y Esperanza Moreno hace años y que ha recorrido parte de ese mundo que muestran y, también, diversificado como talleres educativos con otros colaboradores como Fran Torres en colegios etc. Ahora están en el ecuador de dos semanas de talleres para niños y familias en Caixa Forum.