viernes 6 de noviembre de 2009

104. Contra las cuerdas

La temperatura del otoño no era la normal en la playa, hacía calor. Paseaba, cuando me llamó la atención una señora mayor hablando enfadada.

-Venga, Susi, por favor, ¡camina que es tarde!

Vi a Susi cómo se resistía. Su intención era la de esperar a alguien, pese al esfuerzo por seguir caminando que hacía la señora de aspecto agradable.

Seguí andando unos pasos más; miré hacia atrás, la situación no había cambiado, pero al volver por el mismo camino Susi se había calmado y se mostraba feliz.

Quien no parecía estarlo era el señor de pelo blanco y delgado, que ahora las acompañaba. Se veía muy alterado. Justo al cruzarnos se dirigió a mí.

-Se ha dado cuenta ¿verdad? La he visto antes, mientras alejado de mi mujer conversaba con un amigo, usted contemplaba curiosa la situación.

Esto lo dijo sin mirarme, sólo tenía ojos para Susi, y señalándola siguió.

-Ella, ella es la que tiene la culpa de que mi mujer y yo no nos separemos, sólo está feliz cuando estamos juntos.

El tira y afloja estaba ahora completamente trasladado a la pareja mayor. Ambos, en un exceso de confianza sin apenas conocerme, hablaban a la par, enzarzados en demostrar que cada uno en sus deseos no era complacido por el otro. Si de algo se mostraban seguros, era que el poco tiempo que les quedara por vivir, no querían utilizarlo haciendo aquello que no les gustaba.

Y allí estaba yo, contra las cuerdas, sin poder emitir una media sonrisa a pesar de que la situación resultaba algo cómica en apariencias. Porque era Susi quien les había puesto, si no la soga al cuello, sí a los pies.

Susi, como si no fuera con ella, movía presumida el moñito de su cabeza en brazos de su amo, mientras su ama le acariciaba el pelo.

jueves 29 de octubre de 2009

103. Arrozales

Ya se ha recogido el arroz en las marismas y los silos al fondo están llenos. Hoy día el arroz es un cultivo totalmente mecanizado, pero sus comienzos fueron muy duros.

Un trabajo penoso y todo ello unido a las luchas por las circunstancias de represión social de aquellos largos años.

Una bandada de moritos sobrevoló los arrozales el día que visitamos Isla Menor. Otra nota de color en esta visión distinta de este alimento tan básico como delicado, y tan dependiente de un buen equilibrio ambiental.

viernes 23 de octubre de 2009

102. Musas

Si la Arquitectura no proyecta,

y la Literatura no escribe: ¿qué haremos?

Museo Arqueológico de Sevilla

domingo 18 de octubre de 2009

101. Despertar

Si me moviera, los objetos inertes y desconocidos no lo notarían.

Si me moviera, mi mente adormecida vagaría sonámbula tropezando con ellos.

Suavemente...
al abrigo de las primeras líneas me voy despertando y los recuerdos recientes aparecen...
el dolor de los inmigrantes del sur al norte y vuelta al sur, arrojados de nuevo a la miseria: campo, ciudad, campo y el hambre...

Tristeza...
ante la conclusión del actor en la obra de anoche: “después de un tiempo, el alumno es sólo trabajo”. Algunos ni siquiera se dan ese tiempo.

Vuelvo al libro, sobre la palabra expresiva:

“La prisa, el nerviosismo, el balbuceo de palabras, el vómito de frases enteras, no las atenúa, simplemente las destruye”.

Me doy una pausa, hoy no hay prisas, es domingo, estoy en otro lugar y amanece...


jueves 8 de octubre de 2009

100. Rostros en el suelo y en el cielo

Laura siempre había visto caras en las baldosas del suelo del cuarto de baño. A medida que crecía, los rostros iban siendo más nítidos. Su madre protestaba porque pasaba en el cuarto de baño más tiempo de lo normal. Era algo que no podía evitar. Esos rostros eran su brújula; según estuvieran alegres o tristes, sabía cómo le iría el día. Si aparecían alegres tenían para Laura otro atractivo: dibujarlos y enseñárselos a su abuela, a la que le encantaba hacer de ellos versitos humorísticos que recitaban a dúo riendo. Entre las dos componían, a modo de caricatura, un variado abanico de personas con su pequeña historia, que quedaban reflejadas en un bloc, al que llamaban “cuaderno de caras”.

A María, su hermana pequeña, le ocurría algo parecido con las piedras que recogía. Le gustaba hacer figuras con ella. Una vez construidas, pedía a Laura su ayuda para colocarlas en el huerto que había detrás de la casa.

-Venga Lauri, ayúdame con estas que pesan mucho y cuéntame otra historia de dinosaurios, -le pedía María en esa hora bruja para ellas-. Y luego me recitas un verso de esos que tú haces con abuela -insistía.

-Hoy te contaré una historia real. En la época que existieron esos animales enormes, toda esta casa y parte del pueblo, estaba cubierta por el mar.

-¡No, no es verdad! Si hace tanto tiempo tú no lo puedes saber.

-Claro que lo sé; mira la piedra que llevas en la mano, es de arena. Con el tiempo, los granos se han pegado unos con otros. Y esa que es tan grande, la que está debajo del limonero ¿qué parece?

-¿Una almeja? –Contestó María con los ojos muy abiertos.

-Es un mejillón gigante. Ven, pasa los dedos por ella. ¿Notas la cantidad de bordes que tiene a lo largo de la concha? Un día te llevaré al río y te enseñaré las huellas de los dinosaurios que hay en las enormes piedras de la orilla. Pero espera..., creo que mamá me llama. Voy a ver.

-Laura, -le dijo su madre- tu abuela no está bien. Entra y quédate a su lado que voy a buscar al médico.

Dejó a su hermana jugando, entró en la casa y se asomó a la alcoba de su abuela que, tumbada boca arriba, parecía que la miraba con los ojos entreabiertos. Hacía mucho calor y estaba sudando de cargar con las piedras. Fue un momento al cuarto de baño para refrescarse. Mientras se secaba miró las baldosas y una de ellas le llamó la atención; se agachó y vio que no era un rostro normal, sino más bien uno cadavérico. Sobre la nariz, una cigarra enorme lo estaba devorando.

Asustada, se puso en pie de un salto. En ese instante entró una mariposa por la ventana y le rozó la cara. Quiso atraparla, pero se le escapó. Salió corriendo hacia alcoba de su abuela. Sus ojos miraban fijamente el techo y su boca, escondida por la vejez entre la nariz y la barbilla, permanecía abierta formando un círculo como queriendo absorber todo el aire de la habitación. La llamó inclinándose hacia ella.

-Abuela..., ¡abuela!

Su abuela no se movía. Sin saber qué hacer dio varias vueltas alrededor de la cama. No quería llamar a su hermana para no asustarla. Se asomó a la ventana para ver si venía su madre pero todo estaba desierto. El silencio del pueblo en esa hora de calima pesaba como algo sólido. Un silencio sólo interrumpido por la débil respiración de su abuela a quien tanto quería.

Entonces pensó que... quizás se estaba muriendo. No quería llorar. Recordó que su madre decía que el oído es lo último que se pierde.

¿Qué podía hacer que a ella le gustara?. Sin estar segura, pero presintiendo su final quiso darle su último consuelo y compartir, quizás por última vez, su “cuaderno de caras”. Buscó una hoja en blanco y de sus nerviosas manos escaparon las palabras que el sentimiento le iba dictando. Cuando terminó de escribir, se sentó en la cama, le cogió la mano y con voz temblorosa le recitó al oído:

Tus labios, remanso de paz entre dos altas cumbres
tus labios, caricia suave, rosa en flor
tus labios, paz en movimiento, sonrisa infinita
tu beso, aleteo de mariposa sobre mi mejilla volando lejos...

Su abuela seguía mirándola fijamente, pero ahora estaba relajada y sonreía. Puso el cuaderno entre sus huesudas manos y salió de la habitación. Su madre la encontró en el cuarto de baño. Miraba desconcertada el suelo. Las caras habían desaparecido.

Laura, ahora, las busca en las nubes.

“La buhardilla de papel” Libro de relatos VV. AA.

Taller de Creación Literaria Buhaira

Isabel Mallén – Colección Caleidoscopio

viernes 2 de octubre de 2009

99. Ahora vuelvo

* Pinchar sobre el letrero de la foto

En reuniones numerosas me asombra la destreza de algunos camareros para recordar tanto capricho:

Solo

Solo con hielo

Corto

Mitá

Largo

Con leche

Con leche fría

Con leche templada

Con una nube

Manchado

Cortado

Descafeinado máquina

Descafeinado sobre

Carajillo

Americano

Capuchino

Irlandés

Bombón

domingo 27 de septiembre de 2009

98. Peatones

Cada vez me lo ponen más difícil

domingo 20 de septiembre de 2009

97. Un verano de palabras

A mí me gustó la idea de NáN a principios de verano. Nos invitó a compartir temas y relatos en su blog desde la ignorancia más atrevida: el parvulario. Y este relato ha sido mi pequeña aportación.

Un verano de olor

“Septiembre ya huele a nardos”. Eso piensa Jimena al entrar en un mercado bastante alejado de su casa y, en vez de comprar comida, sigue el penetrante perfume hasta el puesto de flores.
Compra tres varas de “políanthes tuberosa”, nombre científico de la también llamada vara de San José; para ella nardo.
Porque Jimena no es religiosa y, aunque se aprende las definiciones, por eso sabe que es de la familia Amaryllidaceae (Amarilidáceas), a ella le gustan los nombres comunes y contundentes como su perfume. Le trae recuerdos de los bulbos que su abuela cultivaba.

Ni Jimena tiene el carácter de la mujer del Cid ni la fuerza del huracán que anuncian atravesará el Pacífico Mexicano. Se parece más bien a una gran tortuga de andar lento y pausado. No es muy agraciada, tiene una cara redonda y achatada como la torta de un pan de pueblo.

Es temprano y se nota en la ciudad que ya han vuelto a poblarla después de las vacaciones. Los bares rebosan de mujeres tostadas al sol hablando todas a la vez alrededor del café y con los collares colgados al cuello, sustitutos del minúsculo biquini que no llegaba a cubrir, si las cubría, las siliconas al peso.
Mira su piel de un moreno natural, sólo atravesada por el polvo del gran piso que anoche se encontró a punto su señora.

No compra lo que hace falta en la gran casa que cuida. “Seguro no vendrán ni a comer” se dice y, orgullosa con sus tres varas de nardos, sale del mercado más tranquila que entró.
Entre paso y paso Jimena observa que la miran, algo no usual en su joven vida, se mira su vestido fruncido por si tiene alguna mancha, pero no.

Entonces ocurre el milagro: un joven montado en bicicleta frena en seco delante de ella y le pregunta.
-Perdona, ¿dónde has comprado los nardos?.
Levanta la mirada, incrédula, ante la cara sonriente del chico que aspira el perfume con los ojos cerrados.
-¿Te gustan? -Contesta extrañada, pensaba ella que esa afición suya era algo ya caduco, sólo propio de algunos pueblos y sus costumbres.
Jimena le regala una vara, mientras marchan juntos hablando.

Al llegar a la casa, en la que sirve desde su llegada a este país, toma la segunda vara la pone en un bote con agua, al que echa piedrecitas para que no se tumbe, y lo coloca en su habitación. De la restante hace ramilletes, como los que hacía su abuela, para enganchar en su vestido de tarde y, también, para regalar a quien se cruza con ella cada día y se gira para seguir oliéndola.