Vuelve el bochorno,
septiembre no se escapa sin pronunciarse con el calor del membrillo
fiel al refrán: “por el veranillo de San Miguel están los frutos
como la miel”.
Ya verás como
allí estás fresquita, le había pronosticado su tío a Elsa. La dejaba al cargo de su casa mientras él estaba de viaje. Un
mes le parecía mucho tiempo a ella alejada de la ciudad.
La tarde caía
cuando terminó de ponerlo todo a su gusto. Asomó la cabeza por la
puerta trasera que daba al jardín y a un pequeño huerto. Su gesto
imploraba un poco de aire y sí, una ligera brisa la acarició. ¡Por
fin!
Corrió a su
habitación y cogió su tablet que le permitía leer de noche. De un
salto se subió a la hamaca de tela que colgaba de dos barrotes de
hierro y se empezó a mecer. Sus ojos se cerraban, pero los abrió de
pronto porque los chorros de la piscina del vecino saltaron y un
grillo comenzó a cantar. Intentó leer pero no se podía concentrar.
La luz de la pantalla le iluminaba el rostro y un ceño fruncido
hablaba de su enfado.

Con el suave
balanceo cayeron de nuevo sus párpados, pero un ruido la despertó.
Levantó la cabeza de la hamaca y aguzó el oído por si se repetía.
Parecía un animalillo andando entre la hojarasca. Elsa, que se creía
valiente porque no le daban miedo los ratones, enfocó su tablet para
identificarlo. Nada. Se ayudó de un palo y movió las hojas secas.
Nada, pero como el ruido seguía intermitente, esta vez cogió el
palo de la fregona. Si era otra cosa más grande o larga le taparía
la cabeza con el mocho para no verlo y lo mataría con algo más contundente.
En vez de eso,
chilló pidiendo ayuda, una enorme cucaracha dentro de un recipiente
de plástico de forma acampanada luchaba por darse la vuelta arañando
las paredes y amplificando el ruido.
“Volar” lo edita
Pepitas de calabaza.