
Claudia no daba crédito, sin darse cuenta estaba dando por segunda vez puntadas a su vida al mismo tiempo que las daba sobre la tela.
Ella, que jamás había vuelto la vista atrás, que la memoria la usaba como una biblioteca de consulta, y que cuando escuchaba a algunas personas contar algo pasado con nostalgia o melancolía siempre la aburrían.
Creía firmemente que había que vivir en el aquí y ahora; lo sucedido pasó, del mañana no se sabe nada, y por mucho que lo programemos, en cuestión de segundos puede cambiar.
Con cada puntada en la randa (calado que se hace para unir bordes o dobladillos y afianzarlos), un nuevo recuerdo. ¿Sería producto de la edad o de esa labor que ahora estaba reciclando?
Levantó la vista y lo vio claro, la luz del sol iluminaba hasta la vuelta de hilo en la aguja como en una pirueta. Esa pirueta o vuelco con que algunas veces nos sorprende la vida.
Alguien abrió el frigorífico y comprobó que ese pitido era el único sonido que se conservaba de la vieja casa, ahora transformada. Todo había cambiado, la luz natural iluminaba todos los rincones de esa antigua oscuridad repetida en las casas de los pueblos.
Y esa luz, que iluminaba también su vida, hizo que reparara en un detalle: las flores de la labor no eran de su color. Ella había bordado estas flores en su niñez y elegido los colores.
Claudia sonrió, flores y margaritas verdes ¿por qué no?
Para Rubi y Espe por la luz regalada.