
El teatro te da la posibilidad de saborear las palabras de otro, del escritor que las ha puesto en el texto para que tú, cada día, le des volumen y cuerpo, las hagas volar y lleguen a ellos: el público.
El público está sentado ahí, delante tuya, mirándote y juzgándote. Tú, cegada por la luz que ilumina el escenario, no ves a nadie o, puedes no querer ver. Te dices para ahuyentar tus nervios: "son sillas vacías y esto es un ensayo". Pero lo cierto es que tú no eres tú, sino un mero transmisor de la persona que ha escrito el texto y, es ella la que a través de ti, lanza palabras para hacer sentir y pensar a quien quiera.
Pensabas, que construir un personaje era algo muy, muy arduo. Y lo es, sin embargo, ahora comprendes algo más porque te has acercado a ese otro mundo; lo has visto desde dentro, ahora te parece algo más asequible, siempre, claro, desde tu ignorancia.
De hecho te parece que el teatro es como la vida, nada que ver con el cine ni la televisión. Aquí no hay ningún ¡corten!, aquí la vida se representa hasta el final y todos los días.
No es como la vida sólo porque te metas en la piel de otra persona y escenifiques sus conflictos. Es como la vida, porque piensas que, para relacionarte con los demás, has de ser los demás, es decir, cuando hablas con alguien, te has de poner en el lugar de ese alguien para entender lo que dice y por qué lo dice. Sí, ya sé, dirás que no siempre es posible llegar a esa empatía, como tampoco todos los personajes a interpretar te pueden gustar, me imagino.
Tampoco importa qué papel te toque hacer; de no ser un monólogo, nadie crece ni se luce sin contar con los demás. Sé que intentarás hacerlo bien, comunicar bien porque, en definitiva, como en la vida, sólo eres tú cuando estas sola y eso no siempre es agradable.