Iba a mirarme,
pero pensé que si lo hacía, me ahogaría.
El hilo que conduce al costurero te llevará al lunes 10 de Septiembre de 2007.

¿Qué hacían sus personajes cuando les sobrevenía la ira del nudo?
Algo parecido me pregunto al leer los capítulos de la nueva novela que Isabel Romana nos ofrece en su blog Mujeres de Roma.
¿Qué pasará con tantos personajes y los conflictos que entre ellos se generan? ¿Cómo desatará Isabel esos nudos?
Me parece muy difícil acometer una tarea tan ingente como la fundación de Roma y manejar esos mitos con la sabiduría que ella lo hace.
Me gusta cuando lo que leo me incita a buscar cosas. Hoy he vuelto a recorrer Roma en algunas de las fotos que hicimos al conocerla.
Cuando aprendemos o trabajamos en lo elegido, nos gusta mostrar algo que diga lo que hacemos: un texto, un cuadro, una foto etc. Al hacer esto lo exteriorizamos, y eso nos da la oportunidad de analizar los errores cometidos porque vemos el producto de nuestro trabajo.
No ocurre así con la actuación, aquí siempre dependemos de los demás, de cómo nos ven los demás. En realidad es como la vida porque estamos interpretando a personajes.
Cuando consideramos un fenómeno, cuando nos imaginamos un objeto, un acontecimiento, o traemos a la mente experiencias de la vida real o imaginaria, no solo reaccionamos con nuestros sentimientos, sino que les pasamos revista con nuestros ojos interiores, pero esta visión interior debe tener relación con la vida del personaje que se representa, de ahí la dificultad. Concentrar la atención en la vida del personaje debe servir para reforzar la atención que decae porque en esta acción repetitiva es difícil poner en solfa todos los estados de ánimo que la acción requiere.
Cuando me falta concentración a mí me sirve recurrir a la lectura teórica. Algo que me estimula es volver a leer lo que dicen diversos autores sobre lo que considero vital para que el texto fluya: el subtexto.
¿Qué es lo que hay detrás y por debajo de las palabras reales de un papel?
¿Sabemos de verdad qué estamos haciendo, qué está ocurriendo en la obra?
El texto es como la punta de un "iceberg" y tenemos que descubrir el resto del material oculto.
El subtexto es un tejido de esquemas innumerables y diversos dentro de la obra y del personaje. Elementos entrelazados como los hilos de un cable que la atraviesan y conducen al superobjetivo último.
Es lo que nos hace decir las palabras que decimos en una obra. Es la expresión manifiesta e interiormente sentida de un ser humano en el personaje, expresión que fluye ininterrumpidamente bajo las palabras del texto y que les proporciona la vida y una base de existencia.
Solo cuando nuestros sentimientos alcanzan la corriente subtextual nace “la línea de acción continua” de una obra o un personaje.
En escena no debieran usarse palabras sin alma y sin sentido. En un escenario las palabras no deben estar divorciadas de las ideas ni de la acción. La misión de las palabras en el teatro es despertar toda clase de sentimientos, deseos, pensamientos, imágenes interiores, sensaciones visuales, auditivas y de otro tipo en el actor, en los que actúan frente a él y, a través de ellos: el público.
Esto es algo que tendemos a olvidar en un escenario. Los espectadores están hartos de ver escenas cotidianas, tenemos que ofrecerles algo más: trascender el texto y que el espectador se pregunte qué hay detrás de esa persona-personaje que habla.

Sí, ya volvió estos días pasados en que una primavera adelantada lo inundaba todo. Solo una golondrina en avanzadilla otea el horizonte. No encuentra su sitio y ahí anda revoloteando. La vieja casa del pueblo ha cambiado y con ella su pared preferida a cubierto de todo.

En su afán arquitectónico revisa las demás paredes una y otra vez, calcula las posibilidades de que la entrada para las parejas y salidas para sus crías no varíe mucho del anterior camino ya aprendido.
Ellas vuelven solo en primavera, pero hay otras que aparecen y, como algunos animales, marcan su sitio para quedarse.
Son las pelusas. Esto de las pelusas da para hacer un tratado y cada cual las cuenta o las barre a su manera, así que no voy a decir nada nuevo, solo contradecir lo que he leído:
“La pelusas se crean, pero no se destruyen, simplemente cambian de lugar”. Menos cuando les gusta el suelo de una casa. Por mucha escoba que barra, ni fregona que limpie, ellas, esas nubes negras, han marcado bien su territorio y se quedan tan agustito.
Y no pongo foto porque seguro que alguna habrán visto ¿o no?
¿Y qué será escribir poesía? ¿Apagar el ruido de la muerte que entra al oído sin invitación? ¿Mezclar la propia voz con ese ruido para volverlo inútil, apaciguarlo al menos? Esto se pregunta Juan Gelman en un artículo del que he extraído unos párrafos que me parecen imprescindibles:
El poeta no da respuestas. Hasta el fin de sus días interroga lo invisible de la realidad, que no le da respuestas.
El poema se forja en el combate contra lo que no va a decir y así construye rostros que duran la eternidad de un resplandor, o de un miedo, una miseria, alguna dicha, un recuerdo que despertó y no sabe si va a la muerte o a vivir.
La crisis de la modernidad es muy profunda y va mucho más allá de lo económico. Hace años ya que se nos quiere uniformar el alma para convertirla en tierra fértil de cualquier autoritarismo. Impera un darwinismo social brutal y prepotente. La llamada globalización impulsa un genocidio más lento que el de los hornos crematorios, pero no menos bárbaro: se llama hambre. La poesía se levanta contra el empobrecimiento espiritual que todo ello acarrea. La poesía es resistencia no más porque existe.
La poesía viaja del misterio de uno al misterio de todos y en ese encuentro gana su transparencia. Pasa sin nombre, sin número, ajena al cálculo y la sumisión, corrige la fealdad y el desamor, abriga en sus tiendas de fuego. Entra en el lenguaje como cuerpo, corazón que interroga y no puede dormir, come los libros de la noche.
Ella, que jamás había vuelto la vista atrás, que la memoria la usaba como una biblioteca de consulta, y que cuando escuchaba a algunas personas contar algo pasado con nostalgia o melancolía siempre la aburrían.
Creía firmemente que había que vivir en el aquí y ahora; lo sucedido pasó, del mañana no se sabe nada, y por mucho que lo programemos, en cuestión de segundos puede cambiar.
Con cada puntada en la randa (calado que se hace para unir bordes o dobladillos y afianzarlos), un nuevo recuerdo. ¿Sería producto de la edad o de esa labor que ahora estaba reciclando?
Levantó la vista y lo vio claro, la luz del sol iluminaba hasta la vuelta de hilo en la aguja como en una pirueta. Esa pirueta o vuelco con que algunas veces nos sorprende la vida.
Alguien abrió el frigorífico y comprobó que ese pitido era el único sonido que se conservaba de la vieja casa, ahora transformada. Todo había cambiado, la luz natural iluminaba todos los rincones de esa antigua oscuridad repetida en las casas de los pueblos.
Y esa luz, que iluminaba también su vida, hizo que reparara en un detalle: las flores de la labor no eran de su color. Ella había bordado estas flores en su niñez y elegido los colores.
Claudia sonrió, flores y margaritas verdes ¿por qué no?
Para Rubi y Espe por la luz regalada.
La cuestión es que me han dado una mención de honor en el Portal del Escritor por un microrrelato que envié al concurso “Escritores en su tinta”.
¿Por qué lo refiero? Primero para agradecer desde aquí la mención. Y segundo para no tocarlo, aunque no me faltan ganas. Mi problema es que me corrijo continuamente, pero ahora no debo hacerlo por respeto a las personas que eligieron el mío. Ha sido un regalo para mí y un estímulo para seguir aprendiendo.
Es la primera vez que envío uno a un concurso y lo hice porque me gusto la cláusula: uno de los personajes tenía que ser un escritor vivo o muerto.
Fue en el pasado Noviembre, tiempo de difuntos, y me salió esto:
ZOMBI
La curiosidad de saber qué estaba pasando fuera lo resucitaba cada semana.
Al salir de su tumba, dispuesto a ver cómo seguía todo, comprobó que había más gente que otras veces y advirtió al guardián del cementerio que no desvelara su identidad. No quería que nadie indagara y descubriera que su suicidio no había sido por amor, sería como traicionar al romanticismo.
La voz del guardián hizo que volviera la cabeza, éste vociferaba en medio de un grupo de gente:
¡Vuelva usted mañana, Mariano! No se me quede por ahí que me la cargo.
Pueden leer los demás aquí: