sábado, 30 de enero de 2010

119. El mismo amor, la misma tumba

“Doña Sara murió y la enterraron
un par de años después la siguió su suegra María
pusieron su ataúd sobre el de ella
la tumba se convirtió en un dúplex
aventé flores antes y después del descenso de la abuela
volví a escuchar las cadenas
volví a ver la tierra amontonándose sobre Ella

siempre peleaban
ambas quisieron al mismo hombre a su modo
al final siempre es la forma lo que complica las cosas

Doña Sara seguro intentó darse la espalda
aunque eso significara yacer boca abajo por el resto de la eternidad
los mejores años de la muerte de Sara (estoy seguro)
fueron previos a la mudanza de la suegra".

Omar Pimienta

De su obra 'Escribo desde aquí' X Premio de Poesía Emilio Prados.

martes, 26 de enero de 2010

118. La voz

Ella había superado el momento más peligroso del día: despertarse.

Ella sabía que era ella.

Estaba desayunando cuando llamaron a la puerta. Abrió.

La voz dijo: "Yo soy nadie, ¿usted quién es?".


Variación sobre Dr. Pasavento de Vila-Matas.

Despertar de esta forma me recordó que ya en muchas ocasiones había pensado que nuestra identidad es un misterio. Morimos cada día y nacemos cada día. Estamos continuamente naciendo y muriendo. Por eso el problema del tiempo nos toca más que los otros problemas metafísicos...
¿Quién soy yo? ¿Quién es cada uno de nosotros?”.

lunes, 18 de enero de 2010

117. Puntas como escarpias

Hay veces que notas como el mundo da vueltas y de pronto... se pone del revés y oscurece.

Porque la tierra hace lo que le da la gana.

lunes, 11 de enero de 2010

116. Paco Cuadrado

Encontrar al pintor en su exposición en un día distinto a la inauguración, cuando se dispone a explicar la trayectoria de sus cincuenta años de pintura a un grupo de personas, es algo que no ocurre a menudo. Lo que veo en primer lugar es a un hombre ilusionado con su trabajo.

Unida al grupo, mientras busco en mi bolso algo para anotar sus opiniones, atenta a su palabra le escucho decir: “Intento bucear hacía el interior de las cosas que tienen alma para encontrar dentro un todo que va desde un vacío hasta un baile”. Y pienso que es una frase redonda, no por estudiada, sino por sincera.

Desde un vacío hasta un baile”. ¿Se podría definir así de escuetamente su trayectoria? Hay palabras que encierran historias como la palabra “vacío” y en sus primeros cuadros se ven claramente. Son historias de vida, de una vida dura, de platos vacíos.

Una búsqueda constante y difícil por la época en que se desenvuelve: injusta, dura y austera. Y, ante ella, su protesta vestida con el marcado trazo de su pincel. Un vacío que en esa etapa es también vacío de color, “el color sobraba en la sequedad de la vida”.

Aprendió pronto el uso de los pinceles y a pintar en el lavadero de su abuela, que desde el cuadro, en la pared de la exposición, lo mira fijamente. Se podría decir que vigila a ese nieto que tenía 16 años cuando la pintó. A ese joven que desde su lavadero con una multicopista imprimía la palabra: “libertad”.

Y mientras el nieto, que conserva la esencia de ese niño que fue, habla al grupo de esa infancia, de sus influencias artísticas, yo veo a un pintor en diálogo permanente con su obra. Un hombre que 50 años después no se siente protagonista, sino como él mismo dice: “un observador, sintiendo la emoción del espectador que le da la objetividad de la distancia”, en el reencuentro con su obra que ya no es suya, con “esa materia viva de su pasado”. Y al contemplarla ahora, dice desde su humanismo que sólo quería en esa etapa “dar cuenta de esa ausencia, de esa falta de proyectos, de ganas de vivir” que era el día a día de entonces.

Esta percepción cambia cuando conoce a la que será su compañera, Mª Paz, y luego con sus hijos. Y se puede apreciar ese cambio en la figuración, en el color de los paisajes, en los temas reflejados en sus nuevos lienzos.

Aprendiendo y avanzando” como dice con humildad; no le da importancia a lo que hace, sólo pretende “vaciar de contenido la mirada y quedarse con el esqueleto, con las tripas”.

No puedo expresar 50 años de pintura en tan pocas palabras y, mucho menos, una vida unida al compromiso social. Los entendidos han dado y darán cuenta. Yo sólo pretendo contar cómo fue mi visita a una exposición que me emocionó.

A Paco y Mª Paz, con cariño y admiración.


Pueden visitar esta retrospectiva hasta el 17 de Enero en la Casa de la Provincia, Plaza del Triunfo 1 SEVILLA, o contemplar algunos de sus cuadros en su blog:

lunes, 4 de enero de 2010

115. Mariposas de aceite

A veces sucede, vas a coger algo en una repisa y una foto cae, un libro se abre, una voz escrita te habla de las mariposas, no de las voladoras, sino de las que alumbran. Esas, las del aceite, aquellas que me hacían levantar la vista del libro en mi niñez para ver como flotaban y chocaban unas con otras. Igual que pequeños barquitos a la deriva.


En mi pueblo siguen fallando cosas y la luz se va todavía cuando menos te lo esperas. He buscado de nuevo en estos días esa vieja cajita que contenía las mariposas y recordado toda esa ceremonia lenta que era: echar en una taza vieja y desconchada agua y aceite, luego posar las mariposas con cuidado para que no se vuelquen y encenderlas.

He visto esa luz temblorosa y firme que nunca se apagaba, esa que acompañada por el rumor de la lluvia y el crepitar del cisco en el brasero, hacía volar mi imaginación, siempre atenta, cómo no, a las conversaciones de los adultos sentados alrededor de la vieja camilla, porque de ellos aprendía la vida.

Esa voz que hablaba de las mariposas de aceite para compararla con la luz que emitía María Zambrano, es la que me ha hecho abandonar el presente de la lectura en una tarde también lluviosa, y con la perspectiva que da la memoria recordar con placer las de mi niñez.

jueves, 31 de diciembre de 2009

114. Las de la suerte

Y desde mañana en adelante:
Salud, sonrisas y risas, tiempo libre y amor del bueno.

jueves, 24 de diciembre de 2009

113. Más color


Ahora luce el sol en Sevilla.
Os deseo a todos una buena noche.

martes, 22 de diciembre de 2009

sábado, 19 de diciembre de 2009

111. Dehesas

De norte a sur y tiro porque me toca. Y sí, me toca este revuelo sobre los toros. Yo nunca he visto ni veré una corrida. Cuando mi padre las veía en televisión me tapaba los ojos. No me gusta ver la sangre corriendo por ningún lomo, ni los castigos. He escuchado a los que entienden y comprendo ese arte que cuentan pero no lo comparto.


Pero siento que si esas dehesas verdes salpicadas de encinas, alcornoques, olivos, acebuches; en primavera cuajadas de margaritas, jaramagos y lirios. Si tuvieran que desaparecer, no me gustaría.


Y aunque por preservarlas le hayan puesto puertas al campo, y, rodeada de cercas, no se pueda entrar en ellas a coger setas como hace tiempo se hacía, ni pasear por esas bellas praderas. Es necesario reconocer que conforman un ecosistema muy singular donde si yo fuera vaca o toro me encantaría pasear, comer y reposar.


martes, 15 de diciembre de 2009

110. Como en un cuento

Dicen que la montaña es como un libro abierto que hay que saber leer. Yo me negaba como ignorante que se encuentra cómoda en su ignorancia.

Y, curiosamente, gracias creo a mi amor por los libros, he entreabierto sus maravillosas páginas en mi último viaje. Uno buscado, no para mí, pero quizás por eso ella, la montaña, me ha contado cosas.

Tiene múltiples caras, por eso es difícil conocerla; a mí me da miedo, mucho miedo. Prefiero la suavidad de las playas, la caricia de las olas y los cuarenta grados de mi sur. Sin embargo, la vieja sabihonda, ha sabido atraerme.

Primero me ha recibido con la calidez de sus pueblecitos de piedra y pizarra, con ventanas coloridas de geranios. Sus laderas engalanadas de verdes y ocres del otoño terminaban en un blanco entreverado en su cumbres.



Me ha mostrado los pliegues de su origen, a veces, cubiertos de agua en sus cascadas. Ríos que la atraviesan en gargantas y arrastran enormes piedras de cantos bien rodados.

Y cuando me ha notado pisando sus veredas y hundiendo mis pies en ellas para escuchar el crujir de la nieve. Cuando ha observado las sensaciones que mi cara reflejaba, entonces ha dicho: ven.


Y yo, confiada, como la niña que va buscando el misterioso castillo de las hadas, he seguido el caminito por las miguitas que otros van dejando. Casi sin creérmelo, hasta llegar a su mismo pie.

La imagen que vi me cortó la respiración: allí el valle en forma de U terminaba en una mole enorme y en su cúspide tenía una boca grande y abierta.




Aquí, justo en este Monte Perdido debe habitar el monstruo de las nieves, pensé. Lo imaginé en la negra noche, saliendo de su agujero, avanzando y helando con su bufido todo ser viviente.

Menos mal que las hadas tenían un fuego en el castillo y me dieron calor, para más tarde al lado de la lumbre contarme leyendas, enseñarme juegos de azar, mostrarme las estrellas y estar tan cerca de ellas que imaginé poder tocarlas.

sábado, 5 de diciembre de 2009

109. Árbol centenario

¿Cuántos tapones parirá?

domingo, 29 de noviembre de 2009

108. Soy un tomate

Cada vez que vuelvo a la casa del pueblo la veo más vieja, sin embargo, las cosas que guarda de las vidas que la albergaron siguen cada una en su lugar.

En cada cosa hay una historia, un motivo de por qué sigue ahí, hasta la huella de unos labios formada de múltiples besos dados a una fotografía, que me resisto a limpiar.

Esos objetos que, a pesar de que no son nuestros del todo, nos siguen perteneciendo no tienen fecha de caducidad, nos reciben una y otra vez; incluso en silencio, un silencio sólo interrumpido por algún pajarillo que cruza el patio alegrándolo. A veces parece que dialogaran entre sí.

Dice Antonio Muñoz Molina que “a Andy Warhol le gustaba guardar cajas en las que atesorar vanamente las cosas cotidianas de la vida queriendo amansar el río desastroso del tiempo”.

Los mayores de antes no coleccionaban, guardaban las cosas por necesidad ¿y si algún día por H o por B las necesitamos? Eso decía mi madre.

Cada vez que vuelvo de la casa del pueblo vengo más cargada que fui. No sólo mentalmente, sino corporalmente. De ese cajón de sastre que son las cosas que nos acompañaron siempre me traigo algo.

Seguro tendrá esto algo que ver con los genes, también estoy segura que en mí acabará. O quizás se inventen mis hijos alguna performance con lo que encuentren, como el artista chino Song Dong con las cosas de su madre.

Lo único que tiro es un tomate olvidado y mohoso que parece decirme: eres como yo, perecedera.