domingo, 24 de agosto de 2008

40. Los girasoles ciegos: el libro

A punto de estrenarse la película encontré hace días en una librería el último libro que quedaba con la portada original y no dudé en comprarlo.
Me choca que al hacer una versión cinematográfica de una obra literaria, sustituyan la imagen de portada del libro por el cartel de la película o alguna escena principal. Aunque no dejo de reconocer que gracias al anuncio de la misma he descubierto a este autor y he podido leerlo antes del estreno.

Cuando abrí la solapa del libro observé la fotografía del autor. Alberto Méndez parecía un hombre de mediana edad, sólo figuraba su fecha de nacimiento (1941) y al seguir leyendo me intrigó, aún más, saber que era su primer libro narrativo.

Un libro de relatos, cuatro historias sutilmente engarzadas entre sí, contadas por distintos narradores que van perdiendo protagonismo, a medida que se avanza en la lectura, porque se va adueñando del lector la vida y las vidas de los distintos personajes que conforman las distintas historias.
Con un lenguaje rico, directo y duro entramos de lleno a un periodo: nuestra guerra civil, o, mejor dicho, las secuelas de la misma que, si no se ha vivido, se puede imaginar perfectamente por las situaciones narradas con palabras llenas de significación y personajes perfectamente descritos. Unos personajes distintos por como piensan y recuperados por su autor para preservarlos del olvido.

Mucho se ha escrito sobre este tema, pero dudo que hayan calado tan hondo en el lector como estos relatos elaborados con tanta maestría, teniendo en cuenta que era su primera obra narrativa. No obstante, no era lo primero que escribía, estaba familiarizado con la escritura. De padre traductor, trabajó en la industria editorial y había escrito guiones de cine.

La primera edición fue en Enero de 2004, enseguida funcionó el boca a boca y aparecieron las siguientes. La que tengo en mis manos es la decimoctava.
Alberto Méndez, no pudo disfrutar del éxito de su libro, murió en Diciembre de ese mismo año, pero sí pudo plasmar todo el dolor con una riqueza de vocabulario tan expresiva que hasta la tristeza que lo inunda es bella.

De haber vivido más tiempo hubiéramos podido seguir aprendiendo de su palabra. Su libro fue estudiado en talleres de lectura. En la frase: “Un aluvión de presos infestó aquel sótano y fueron incorporándose asombros nuevos, miedos diversos, resignaciones diferentes” la adjetivación hace que esa uniformidad que imaginamos en ese “aluvión de presos” desaparezca y enfoquemos a las personas enfrentándose a esa situación de manera desigual.

Todo lo que se narra en este libro es verdad, pero nada de lo que se cuenta es cierto…, dice la sinopsis del libro en su contraportada, pero cuando leo en la página 146: “En aquel ovillo de moralidades, el cuerpo estaba proscrito y las sensaciones que a través de él percibíamos eran buenas si eran fruto del dolor o, a nada de placer que produjeran, eran malas. La salud tenía que ver con el sacrificio mientras que la enfermedad sobrevenía siempre por la satisfacción de los instintos”. Una realidad que muestra la manera impuesta sobre la forma de sentir y de pensar que no ha desaparecido a pesar del daño que ha hecho.

La necesidad de ahondar más en el autor me ha llevado a buscar alguna opinión propia sobre su escritura y sobre el libro. Sólo he encontrado esta entrevista suya y múltiples opiniones de críticos alabándolo. Pongo como muestra la de Fernando Valls publicada en Babelia el 15-10-2005:
“Cuando un peculiar libro de cuentos, como es Los girasoles ciegos, contra todo pronóstico comercial razonable, gana el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura, agota seis ediciones (unos quince mil ejemplares, según su editor), y consigue vender los derechos de traducción a Alemania, Francia, Italia y Serbia, es que algunas virtudes especiales debe tener. Y claro que las tiene: la emoción que produce su lectura y la indiscutible calidad literaria”. Pueden continuar leyendo en este enlace.

viernes, 22 de agosto de 2008

39. ¡Hasta luego... mi vida!


Eso fue lo que dijo Mario cuando, como cada sábado, cogió su mochila y se marchó a su clase de natación dando un portazo.
De eso hace cinco años y todavía no ha vuelto.

La foto pertenece a Elisa I. Mellado

viernes, 8 de agosto de 2008

38. ¿Espejos?


No se me ocurrió otra cosa que dejarle la crema de afeitar comprada. Cuando abrió el armario del cuarto de baño la encontró allí, como siempre. Su cara se reflejó en el espejo. Era una cara alegre, se sabía satisfecho de si mismo y de su hazaña.
-¡Qué jodía!, ni después de muerta deja de estar pendiente de mí.
Entonces llené mi vacío interno con el deseo de borrar esa sonrisa. Abrí la boca todo lo que pude y de ese vacío, aún caliente, salió un vaho que cubrió todo el espejo.
Escribió: ¡lo conseguí!
Escribí: ¡no creas!


37 mujeres muertas en lo que va de año.

martes, 5 de agosto de 2008

37. Verano

Quemados por el sol.

Quemado por el sol.

martes, 29 de julio de 2008

36. Toc, toc, ¿hay alguien ahí?

He concluido mi desaparición a la vez que el libro de Enrique Vila-Matas Dr. Pasavento y me ha dado qué pensar.

No media hora al día, como recomiendan en Estados Unidos, según cuenta el filósofo alemán Boris Groys en Babelia: “ha habido estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos que son provechosos para la buena salud”.

Me encantaría sacarle punta a esto, no tiene desperdicio, pero me apartaría del tema que quiero tratar y que se acerca más a la también opinión de este filósofo en respuesta a su entrevista:
¿Quién es el espectador -se pregunta y nos pregunta Groys- si todo el mundo quiere ser protagonista en la época de la cultura del espectáculo?, y recuerda a Guy Debord, el analista más lúcido de la cultura del espectáculo, el último espectador atento.

Tanto en la TV, como en YoyTube o MySpace: “todos quieren expresarse, todos son artistas”.
Yo, de verdad, pienso, como dijo Jacob Von Gunten, personaje literario de Rober Walser, que: “Las fatigas, los groseros esfuerzos que se precisan para alcanzar en este mundo honores y fama no están para mí”.

Me gusta como hace Vila-Matas “desaparecer y ausentarse al escribir y escribir para ausentarse” y, me gusta lo que dice Walser “alegrarse secretamente al comprobar que uno se oculta un poco”. Esto me recuerda a la infancia, esa alegría nerviosa que experimentábamos al jugar al juego del escondite, ese ocultarse un poco de los demás.

Me gustan muchas de las cosas que se dicen en Dr. Pasavento como cuando habla de la escritura misma: “No sé, trabajo en tinieblas y todo es misterioso, solo sé que me fascina escribir sobre el misterio de que exista el misterio de la existencia del mundo, porque adoro la aventura que hay en todo texto que uno pone en marcha..., esa línea de sombra que, al cruzarla, va a parar al territorio de lo desconocido...”

¡Si se pudiera compaginar la curiosidad del escritor con la del lector!

Se me está ocurriendo que no es tan descabellado el consejo, quizás si en vez de mirar la TV del verano todo el mundo al unísono (si los americanos siguen el consejo seguro los imitaremos), apagáramos “la caja tonta” media hora para pensar..., no, no me digas tú, que has leído el artículo, que es justo el tiempo del otro consejo que dan: hacer el amor para reducir el estrés. Entonces una hora mejor ¿vale?

Acabo de descubrir este enlace a una entrevista de Vila-Matas donde se puede conocer mejor a través de sus palabras.

martes, 15 de julio de 2008

35. Vacaciones

Leo con bastante reserva un artículo del sábado en el diario El País titulado, El estrés de dejar de trabajar; lo subrayo, no tiene desperdicio. Mientras leo pienso “la gente es idiota, ¿o qué?”, hasta que, avanzando en la lectura, llego al término acuñado por una clínica austriaca para tratar a algunos pacientes que padecían una extraña ansiedad: “depresión de la tumbona”.

Paro de leer porque me identifico totalmente. Ayer lunes no podía con mi cuerpo y, claro, me atribuyo el término.

Sigo leyendo y para mi sorpresa los especialistas aconsejan: “irse muy lejos” y “desaparecer”. Aquí ya me da hasta miedo; primero, yo no estaba este fin de semana en el mismo sitio de todos los días, yo estaba en Nápoles y en París al mismo tiempo porque yo, cuando leo “tumbada en mi tumbona de playa de oferta”, voy donde el autor me quiera llevar.

Y segundo, “desaparecer”, aquí comprendí realmente mi estado de ánimo de ayer. Yo había llevado a cabo el intento de Vila-Matas en su libro Doctor Pasavento.

Yo había “desaparecido” y, no con la escritura como él, sino con la lectura de su libro. Me había colado literalmente entre la rejilla de plástico de mi “tumbona de playa de oferta” calentada por el sol de mediodía.

viernes, 4 de julio de 2008

34. Llamada


Hace días que me llaman al móvil y en la pantalla sólo aparece esta palabra: “Llamada”. Si contesto una voz de mujer me habla en francés.

Esto puede ser el inicio de un relato, sin embargo, no es ficción.

Me chocan estas llamadas sin identificación. Sé que no es mi amiga francesa, Colombe, porque ella pronunciaría mi nombre con su forma peliculiar, ¡Maguibel! Y seguiría hablado en español y yo escuchándola encantada; me gusta mucho su acento.

Es la única que me llama así, otros Mª Isabel o, más cómodo, Isabel, da igual sólo es un nombre. Un nombre que aparece por primera vez aquí. ¿Por qué no lo he hecho hasta ahora? Porque tengo que confesar que a mí la costura nunca me ha gustado y pensé que me cansaría enseguida de “coser palabras”, pero no ha sido así, al revés, escribo cada vez más. La escritura se ha convertido en un hábito que incluso me empuja a escribir a mano, algo que hacía mucho tiempo no practicaba.

Escribir es como cocinar. Puedes usar la imaginación; creando sabores nuevos, en forma de metáforas, mezclando ingredientes: palabras, números, signos... Pero eso sí, la cocina como la escritura necesita su tiempo. En el caso de algunas recetas es necesario el reposo para que se mezclen las sustancias como en la escritura para eliminar lo superfluo.

Hoy me voy a saltar esta norma que me he impuesto para no arrepentirme y suprimir el post.

viernes, 27 de junio de 2008

33. Un deseo mayor que otro

La chica con muleta mira embobada el escaparate de los pasteles en la panadería.
-Clack...
El ruido metálico de la muleta al caer sobre el suelo hace que me agache, recogiéndome la falda, para cogerla. Pero un chico se adelanta y se la entrega. No pasa más de un minuto y...
-Clack...
De nuevo la muleta cae.
-Espera Eva, yo te la doy, -dice el dependiente agachándose; le entrega la muleta y la bolsa del pan.
La chica va hacia la puerta, anda con dificultad y yo me adelanto para abrirla, pero ella en un rápido movimiento la abre y...
-Clack...
La muleta en el suelo por tercera vez. La chica, ahora sin muleta, se vuelve hacia mí y me sujeta con la mano para que la deje en el suelo, al tiempo que un joven bastante apuesto entra en la panadería, la recoge y se la da.
La chica con muleta me mira y dice sonriendo:
-Siempre me ha gustado que caigan rendidos a mis pies.

miércoles, 25 de junio de 2008

jueves, 19 de junio de 2008

31. Conocer, conocernos

Imagínate que tienes la ocasión de conocer a alguien a quien admiras por lo que escribe y cómo lo escribe. Sabes cosas de ese escritor porque en este caso no es un extraño, hay lazos familiares de recuerdos y amistad.

En la espera de ese encuentro piensas en el escritor y se agolpan los interrogantes.

Cuando conoces a una persona a través de su escritura, conoces una personalidad diluida y a la vez contenida en ella, pero te faltan datos. Al escribir a mano, un experto en grafología puede ver, en la dirección o apertura de las letras, rasgos de tu carácter, pero ahora en esta letra encasillada no podemos hacer virguerías.
Mejor, así no hay distracción posible. Lees y vas a la esencia, esa esencia que va más allá de la forma, la que se desprende del texto y emprende sola su camino. Es la que te enseña y te muestra el espíritu de lo escrito; surgen los interrogantes, que supones sin respuesta, pero tú insistes porque eres una mera aprendiz.

Todas las preguntas que deseas hacerle al escritor se esfuman cuando lo tienes delante y, después de ese encuentro fugaz y agradable, te preguntas cómo ha podido pasar.

Cuando lees conoces, o crees conocer, lo interno de la persona que escribe, pero sólo es una parte de ella que resulta ser una gran parte en los buenos escritores, y eso lo compruebas al tener delante a uno de ellos.
Es entonces cuando la mente encierra lo interior, lo conocido, para proveerlo de su forma, para completarlo. En ese proceso se aparcan involuntariamente las preguntas que no haces, relegadas para aprehender otros influjos nuevos.
Vuelves después a esa lectura que te gustó y, ahora sí, al leer de nuevo encuentras algunas respuestas y una nueva imagen de un todo que ahora conoces.

Gracias Pablo, gracias Sandra por vuestra visita y vuestra presencia. BUEN VIAJE Y MEJORES EXPERIENCIAS.

miércoles, 18 de junio de 2008

30. Girasoles


Te miran pero si por su lado pasas, no se giran, simplemente te dan la espalda.

jueves, 12 de junio de 2008

29. Frases

“El ser humano nace sin dientes, sin pelo y sin ilusiones y muere sin dientes, sin pelo y sin ilusiones” Y mientras tanto ¿qué hace..., saquear los supermercados?

“Esto es la guerra”. Esta frase la he escuchado varias veces a lo largo de esta semana, y lo peor es que venía de personas que se suponen la han vivido.

A juzgar por lo que hacemos o como nos comportamos se diría que hay un componente salvaje que no ha desaparecido de nosotros en nuestra evolución.

Arrasar con todo en los supermercados como si de una guerra se tratara, más o menos igual que cuando dicen que van a cortar el agua y ¡hala! a llenar bañeras para luego quitar el tapón.

Ahora pueden pasar tres cosas: que se engorde aún más, que se estropeen los alimentos y se tiren y que no se llegue a fin de mes.

Pero eso sí, si viene la guerra...