
La temperatura del otoño no era la normal en la playa, hacía calor. Paseaba, cuando me llamó la atención una señora mayor hablando enfadada.
-Venga, Susi, por favor, ¡camina que es tarde!
Vi a Susi cómo se resistía. Su intención era la de esperar a alguien, pese al esfuerzo por seguir caminando que hacía la señora de aspecto agradable.
Seguí andando unos pasos más; miré hacia atrás, la situación no había cambiado, pero al volver por el mismo camino Susi se había calmado y se mostraba feliz.
Quien no parecía estarlo era el señor de pelo blanco y delgado, que ahora las acompañaba. Se veía muy alterado. Justo al cruzarnos se dirigió a mí.
-Se ha dado cuenta ¿verdad? La he visto antes, mientras alejado de mi mujer conversaba con un amigo, usted contemplaba curiosa la situación.
Esto lo dijo sin mirarme, sólo tenía ojos para Susi, y señalándola siguió.
-Ella, ella es la que tiene la culpa de que mi mujer y yo no nos separemos, sólo está feliz cuando estamos juntos.
El tira y afloja estaba ahora completamente trasladado a la pareja mayor. Ambos, en un exceso de confianza sin apenas conocerme, hablaban a la par, enzarzados en demostrar que cada uno en sus deseos no era complacido por el otro. Si de algo se mostraban seguros, era que el poco tiempo que les quedara por vivir, no querían utilizarlo haciendo aquello que no les gustaba.
Y allí estaba yo, contra las cuerdas, sin poder emitir una media sonrisa a pesar de que la situación resultaba algo cómica en apariencias. Porque era Susi quien les había puesto, si no la soga al cuello, sí a los pies.
Susi, como si no fuera con ella, movía presumida el moñito de su cabeza en brazos de su amo, mientras su ama le acariciaba el pelo.